TERCERA PARTE
Tres presidentes caen en 30
días. Ubico asume el poder
Los
dramáticos acontecimientos históricos que a continuación relataré, los conservo
muy vivos en mi memoria, porque a mí me tocó vivirlos muy de cerca.
Eran las tres y media de la tarde del
jueves 17 de diciembre de 1930. A
escasos diez minutos de haber salido de la casa del callejón de corona,
enfilando por la novena avenida, Martín detuvo la marcha del Buick con un
violento frenazo al llegar a la quinta calle. Un pelotón de soldados al mando
de un oficial, empujando cañones y portando escopetas, que interrumpía el paso,
subía rumbo al parque central. Martín bajó del carro, precipitado y nervioso.
Grupos de curiosos se amontonaban en las esquinas, inquiriendo noticias sobre
lo que estaba ocurriendo.
La
situación era ésta. Una rebelión militar que encabezaba el general Manuel
Orellana, jefe del cuartel de Matamoros, estaba exigiendo la renuncia del
licenciado don Baudilio Palma, quien hacía cinco días había asumido el poder, como primer designado a la presidencia,
en sustitución del general Lázaro Chacón, ante su impedimento de seguir ejerciendo el cargo, por una
repentina enfermedad, que le paralizó casi todo su organismo, después de
asistir a un almuerzo en el Hotel
Manchén de la Antigua Guatemala.
Al
encontrarse despejado el camino, Martín arrancó el carro y nos dirigimos a toda
velocidad al colegio La Concepción. Esa tarde, como todas las tardes, recogíamos a mis hermanas mayores, después de
finalizar las clases. Pero esta vez ya no fue posible. La rapidez en que se
desencadenaban los acontecimientos, lo
impidió. Con mas serenidad el chofer le informó a mi tía Rebe, lo que
acabábamos de presenciar. Le dijo que en el centro de la ciudad "había bulla",
que los militares se habían levantado en armas para derrocar al presidente
Palma. Frente al establecimiento educativo, algunos padres de familia en sus
automóviles, presurosos y preocupados, llegaban por sus hijas internas, para llevarlas a sus casas.
Entré al
Colegio con mi tía. Nos refugiamos en su apartamento, que quedaba en las
propias instalaciones del colegio, a la espera de los sucesos que se
avecindaban. Martin voló en el carro a recoger a mi papá a su bufete, que
quedaba en la séptima avenida y doce
calle, esquina opuesta al correo, y llevarlo a la casa. Sorteando los peligros de la calle, regresó a las siete
para comunicarnos que mis otras hermanas, junto con mi papá y mi mamá se encontraban sin novedad en la casa del
callejón, con la advertencia de que ninguno nos moviéramos del Colegio porque
la situación era de suma gravedad.
En el
apartamento me reuní con mis primos, mis hermanas mayores, mis tías y la
abuelita, que no cesaba de rezar el Rosario pidiendo a Dios que les diera
razonamiento a los militares, para que depusieran las armas, y que no
permitiera que corriera la sangre. Una profesora de pintura, que enseñaba a
pintar a mi primo Paco, que se encontraba en el apartamento, ya no pudo salir,
porque antes de las ocho, los primeros disparos se escuchaban en las calles,
irrumpiendo el silencio de la capital que ya se encontraba desolada, más que de
costumbre. Esa noche no pegamos los
ojos. La abuelita pasó rezando hincada en un reclinatorio, enfrente de
un cuadro bien grande del Sagrado Corazón. El bullicio de las tropas disparando
sus armas, se oía en todos los ámbitos de la capital, que se incrementó
intensamente a la media noche. Pero de fortuna en la madrugada, se fue
acentuando la intensa balacera, llegando a nuestros oídos el tronar de los
cañones y el silbido de las balas, ya bastante distante y disperso. Durante la
mañana los tiroteos disminuyeron y se sucedían de manera intermitente y
aislada. Ya entrada la tarde a la caída del sol, por personas amigas que
llegaban al Colegio nos enteramos de las primeras novedades.
Don
Baudilio Palma iba camino al exilio. Había sido derrocado con el tradicional
cuartelazo. Orellana había asumido el poder por la fuerza de las armas,
encabezando un triunvirato de militares. Las tropas leales al gobierno habían
sido diezmadas. El ministro de la guerra General Mauro de León, había caído
asesinado en el parque central, enfrente de la Catedral. En todo el país
reinaba el caos, la confusión y la
incertidumbre. Pero al cabo de pocos días, la vida se fue normalizando, pero el
ambiente que predominaba quedó tenso, de pronóstico reservado, incierto, porque
se esperaban otros acontecimientos. Las fiestas de Navidad y año nuevo, las
pasamos obviamente, dentro de una atmósfera pesada, de incógnitas sobre el
futuro inmediato del país.
Sin embargo, un hecho inesperado, que surgió
repentinamente en los albores del año nuevo, despejó el confuso panorama, que
cambió radicalmente la situación, al intervenir la Legación Americana exigiendo
a Orellana que abandonara el poder. (Cabe recordar que en aquellos días estaba
de moda "el big stick, que no era un ritmo musical, como el
"charleston", sino la injerencia del imperialismo yanqui en asuntos
domésticos de nuestras naciones).
Trascendió
que los "gringos" le hicieron entrega a Orellana, de 200 mil dólares
para que saliera del país, y se radicara en España, como efectivamente así
sucedió, muriendo pocos años después en la mas completa indigencia. Lo cierto
del caso, es que el general Jorge Ubico, ya hacía tiempo que estaba moviendo
las piezas del tablero del ajedrez político. Y cuando asumió interinamente el
cargo presidencial el licenciado José María Reyna Andrade, que sustituyó a
Orellana, Ubico ya gobernaba, no desde la casa presidencial, sino desde su casa
de la catorce calle poniente.
Se
convocó a elecciones presidenciales en los primeros días del mes de enero de
1931, para darle un matiz democrático a los cambios que se sucedían. Y a
principios de febrero, Ubico se presentó como único candidato del Partido Liberal
Progresista, confirmando su triunfo la Asamblea Nacional Legislativa. Tomó
posesión de la primera magistratura el 14 de ese mes. (El día del cariño, del
Amor, o de San Valentín no se conocía
en esa época). Un detalle simpático
ocurrió cuando don Chema Reina Andrade le colocó la banda presidencial a Ubico,
en sentido opuesto, es decir sobre el hombro izquierdo, lo que dio lugar a que
ayudantes del Protocolo se la colocaran como Dios manda. Esto provocó hilaridad
entre los asistentes, no así en el presidente entrante que visiblemente se
notaba contrariado. Es justo reconocer que en aquel entonces, don Jorge tenía
mucho partido. Gozaba del respaldo popular, y del importante espaldarazo del
gobierno de Washington. De suerte que ese 14 de febrero de 1931, el pueblo se
sentía de plácemes. Las manifestaciones populares proliferaban espontáneamente
en los barrios capitalinos, y en todos los rincones del país, al grito
entusiasta de "Jorge Ubico, nada más", o bien "cinco y cinco,
lotería". Y es que el número cabalístico de él, fue precisamente el cinco,
porque tanto su nombre como su apellido estaban formados con cinco letras. La
junta directiva de su partido "Liberal Progresista", lo integraban
cinco de sus prominentes miembros.
Una
composición musical a compás de marcha, agradable, alegre y contagiosa, comenzó
a oírse en las marimbas y estudiantinas, que precisamente se llamaba "El número cinco" que el
compositor Pedro Tánchez había dedicado a él, y ese día con mayor razón el No.5
se escuchaba por toda de la ciudad. Paco mi primo, Oscar Ascoli y yo, también
estábamos presentes aquella tarde en el parque central. Participábamos en una
caravana de unos 500 ciclistas, integrados a la multitudinaria manifestación de
respaldo y solidaridad al general
Ubico. Las ruedas de las bicicletas las adornamos con listones de papel crepé
en azul y blanco, entrelazados en los radios niquelados de las ruedas. El
presidente presenciaba el desfile desde una plataforma que se construyó al
frente de la terraza del segundo piso del edificio de la Empresa Eléctrica, de
propiedad norteamericana. Sus principales ejecutivos, así como varios de sus
amigos y correligionarios que formarían los cuadros de su gobierno, lo
acompañaban en el estrado.
Ubico
entró con mano dura desde el primer día en que tomó posesión. Entre sus
prioridades fue pedir los expedientes de los reos de múltiples delitos, y los
que estaban sentenciados a muerte los mandó a fusilar sin ningún miramiento. Bajó los salarios de los empleados públicos, y
antes de seis meses recuperó al país de la grave crisis económica que
atravesaba, debido en gran parte a la baja de los precios del café en 1929.
El 15 de
marzo se integró el Poder Judicial, que completaría el período del anterior. La
Corte Suprema de Justicia se formó con profesionales del derecho sin filiación
política, y que no dejó de causar al presidente fuertes dolores de cabeza, al
emitir resoluciones jurídicas que no se ceñían a su caprichoso criterio. Los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, que la integraban cinco
magistrados, incluyendo al presidente, y los de las salas de apelaciones,
fueron designados por la Asamblea atendiendo instrucciones del Presidente. Mi
padre salió electo como magistrado vocal primero de ese organismo, que encabezó
como Presidente el prominente abogado don Manuel Franco, y los otros
magistrados fueron los honorables licenciados don Felipe Valenzuela, don
Leonardo Lara y don Manuel V. Marroquín, que por su rectitud y valientes
resoluciones se ganaron la malquerencia del gobernante, y ya no fueron
reelectos para el siguiente período, a excepción de mi padre que siguió como
magistrado, por su estrecha amistad con el licenciado Guillermo Sáenz de
Tejada, que fue nombrado presidente del
Poder Judicial.
La
Asamblea Nacional Legislativa fue renovada en su totalidad, integrándose con
diputados afiliados al partido oficial, o amigos, en su mayoría incondicionales
a la voluntad del recién estrenado presidente, que tenía en sus manos a un
organismo obediente para la elaboración de nuevas leyes y otras disposiciones
legislativas de carácter urgente. Como presidente del poder legislativo, Ubico
designó a su amigo don Luis F. Mendizábal.
Por su
estrecha amistad con Ubico, y por ser de los más conspicuos dirigentes del
partido Liberal, el licenciado Efraín Aguilar Fuentes fue nombrado Registrador
de la Propiedad Inmueble. Me viene esto a la memoria, porque en varias
oportunidades de paseo por la Reforma en compañía de mi papá, se saludaban
afectuosamente, cuando don Efraín se apeaba del caballo blanco de buen porte
que jineteaba, en sus días de esplendor político, sin imaginar que las extrañas
vueltas del destino, lo convertirían pocos años después en la principal víctima
de uno de los capítulos más crueles y dramáticos de la dictadura de Ubico.
La huelga de dolores de 1931
Los
estudiantes universitarios se preparaban para la celebración de la huelga de
dolores. Los bulliciosos preparativos habían comenzado desde el segundo viernes
de cuaresma, en que se daban a conocer los primeros boletines y la declaratoria
de la huelga de "todos los dolores", como humorísticamente ellos le
llamaban. Ese viernes, a eso de las once de la mañana, mi papá y yo, nos
encontrábamos en la esquina de la novena avenida y novena calle, presenciando
el desfile bufo que pasaba frente a la Escuela de Derecho. Había salido a las
ocho de la mañana de la Escuela de Medicina. Gruesas columnas humanas recorrían las banquetas y las calles
adyacentes al desfile. Algunos leían
el "no nos tientes" prorrumpiendo en sonoras carcajadas. En sus
páginas se veían caricaturas del gobernante y sus ministros, cargadas de expresiones de dura crítica a
los primeros pasos del gobierno, pero en particular se ridiculizaba al
intocable presidente de la república. Montando una escoba que aparentaba un
rústico caballo, un estudiante disfrazado con un pantalón blanco de montar,
guerrera azul, polainas negras, y un sombrero bicornio remedo de Napoleón,
escenificaba al presidente Ubico. Mientras que un grupo de estudiantes con
disfraces de militares, lo desafiaban entonando un estribillo que más o menos
decía: "Don Jorge de gala y de charpa, don Jorgito de mis amores, que
montado en una escoba, se parece a Napoleón, ay... que bonito". Otros grupos
de universitarios cantaban y bailaban
"La Chalana", y desde un camión convertido en carroza
alegórica, una marimba hacía el acompañamiento de la canción universitaria.
Otras canciones con la música de conocidas melodías, eran entonadas a lo largo
del desfile, pero con estribillos en sorna y sarcásticos, en virtual canto de
guerra y desafío al gobierno. Carrozas alegóricas, de punzantes críticas sobre
recientes acontecimientos, despertaban el entusiasmo del publico, que reía y
aplaudía el ingenio universitario. La intervención "del Tío Sam" en
la caída de Ore-llana, el manipuleo presidencial de Ubico desde la 14 calle, y
el candidato único en las elecciones presidenciales, fueron las carrozas
alegóricas que más llamaron la atención del publico. Pero hubo otras ocurrencias
de connotación política, que fueron el hazmerreír del pueblo, y la furibunda
reacción del gobierno.
Repentinamente
en un santiamén, como si hubiera caído una descarga apocalíptica en medio de la
escena, el panorama alegre y divertido del ingenio juvenil, cambió brusca y
dramáticamente, convirtiéndose en un caos y una desordenada desbandada de los
actores y publico asistente a la jocosa
Huelga de Dolores. Unos quinientos policías armados hasta los dientes, blandiendo
garrotes, transformaron la escena alegre y bulliciosa, en una penosa batalla
campal, disolviendo violentamente el desfile, a garrotazo limpio, y dispersando
bruscamente al público. El saldo fue de cientos de universitarios detenidos y
golpeados salvajemente, entre ellos universitarios salvadoreños que fueron
invitados a la fiesta estudiantil. El periódico "No nos tientes" paró
en las manos coléricas de la policía, destruyéndolo y convirtiéndolo en añicos.
Y la supresión definitiva de las manifestaciones estudiantiles de la Cuaresma,
fue dispuesta ese mismo día por el gobierno.
Mi papá
fue presa de indignación y condena enérgica, ante los hechos lamentables que
habíamos presenciado, no solo por la brutalidad de la policía al disolver a los
estudiantes, sino por la grosera acometida contra el público, que nosotros nos
habíamos escapado milagrosamente. Así finalizó aquel trágico viernes de Dolores
del año de 1931.
El
desfile bufo de los estudiantes de la Universidad Nacional, no volvió a
recorrer las calles de la capital, sino hasta 14 años después, en la Cuaresma
de 1945, cuando el general Ubico había salido del poder, y se encontraba en el
exilio en la ciudad de Nueva Orleáns, pocos meses antes de su fallecimiento, en
1946.
El colegio de infantes, a la sombra
de la catedral
En el decenio de los años 30, hablar del Colegio de
San José de los Infantes, era hablar del Padre Sicker. Lo conocí una mañana del
mes de mayo de 1931. Mi papá me presentó con él, siendo el Director del
Colegio, en ocasión en que fui inscrito como alumno del tercer grado de
primaria, en el año escolar que pronto se iniciaría. Confieso que sentí un
ligero escalofrío en todo el cuerpo ante su presencia. Me pareció ver en él, a
un siniestro emisario de la Inquisición, enviado por el tristemente célebre
Torquemada, para establecer en el colegio un tribunal del Santo Oficio, y
castigar con crueles torturas las faltas de los alumnos, aunque éstas fueran
intrascendentes.
Pero que lejos estaba yo de la verdad. Porque al pasar
los primeros días de clase lo fui conociendo, y su persona me inspiró simpatía.
Me infundió confianza. Y comprendí que me había equivocado al juzgarlo a
primera vista. Pero fue por su personalidad de clérigo adusto, rígido,
enérgico, que revelaban sus principios de autoridad y don de mando. Pero estaba
dotado de excelentes atributos personales y de gran sensibilidad humana. Al
Padre Sicker lo llegué a respetar y admirar mucho. Gozó de múltiples simpatías
y afectos en los círculos religiosos, educativos y sociales de aquel entonces.
Detuve la vista en una de las veteranas paredes de la
Dirección, donde había un cuadro bien grande, que me llamó vivamente la
atención. Era un retrato antiguo de artística pintura, del Arzobispo de
Guatemala Monseñor Doctor don Cayetano Francos y Monroy, precisamente el fundador
del Colegio de Infantes allá por el año de 1778, según la versión que nos dio
el director del colegio.
El
profesorado del Infantes lo formaban honorables maestros seglares, a excepción
del Director y del Confesor de los alumnos, que eran virtuosos sacerdotes. Mi
profesor fue don Moisés Ramírez Leiva, un joven y competente maestro a quien
quise y respeté en los pocos años que me dio clases, ya que en 1935 los
Hermanos Maristas que llegaron a Guatemala, procedentes de España y de
Colombia, se hicieron cargo del Estable-cimiento, renovando el personal docente
y administrativo. Al profesor Ramírez lo perdí de vista pero volví a verlo años
después en Quetzaltenango. A él me referiré en su momento.
Al Padre
Sicker lo visité unos nueve años más tarde.
Era Párroco de la Iglesia de Santa Cecilia. En el comedor de la Casa
Parroquial, sostuvimos una interesante charla, amena y cordial y de simpáticos
recuerdos cuando fue Director del Colegio. Le hice reír a carcajadas al
contarle la non grata impresión que sentí, al confundirlo con un inquisidor del
Santo Oficio, la primera vez que lo vi. Me llamó insensato, y no se que otras
cosas más. Pero al final de cuentas nos
reímos haciendo bromas del cruel desaguisado. No cabía en su cabeza ser
discípulo del dominico e inquisidor español,
que si bien fue famoso por su ciencia y su fanatismo, fue el autor de
las normas de los bárbaros castigos que se aplicaban a los delitos cometidos
contra la fe católica, que violaban abiertamente la libertad de conciencia y eran
contrarias al espíritu mismo del Cristianismo. Es oportuno resaltar que el
actual Pontífice de la Iglesia, Su Santidad Juan Pablo II, en una declaración
pública, pidió perdón a la humanidad por "los excesos de la
Inquisición".
Y a
propósito de la Inquisición, le hice al Padre Sicker esta pregunta: ¿Qué opina
del sacrificio tan cruel e inhumano a que sometieron a Juana de Arco?. Haciendo
acopio de su aguda inteligencia, me respondió así:
"Santa Juana de Arco, de origen humilde y de gran
piedad, está considerada como una Heroína de Francia. Ciertamente su sacrificio
no fue producto de la Inquisición. Esta surgió a principios de 1500, y el
sacrificio de Juana ocurrió 300 años antes. Nació en la pequeña población de
Domremy en el año 1412, y su muerte en 1431, es decir a sus 19 años de edad.
Era una jovencita. Las apariciones de San Miguel, de Santa Catalina y Santa
Margarita, le revelaron su misión de libertar a Francia del poder de los
ingleses". El Padre Sicker continuó: "Al frente de un ejército, Juana
liberó Orleáns y derrotó a los invasores ingleses en Patay. Hizo coronar a
Carlos VII en Réims y puso sitio a París, pero tuvo que renunciar a su
patriótica empresa por orden del propio Rey". Considera, ¿que en la
diabólica maquinación contra ella, se movieron intereses políticos, hasta
llevarla al horrible sacrificio?. Sieker puntualizó: "No admite la menor
discusión de que así fue. Una vez abandonada traidoramente por los suyos, cayó
en poder de sus enemigos, quienes la declararon culpable de herejía, condenándola a morir en la hoguera".
Sin
embargo, observé yo, la Iglesia la rehabilitó al poco tiempo ¿No fue así?.
"Efectivamente. Roma le restituyó sus virtudes piadosas, veinte años
después de su sacrificio, pero fue
Canonizada hasta el año 1920. Es decir que el proceso de su santificación,
ocupó 489 años. Santa Juana de Arco es
una de las figuras más puras y brillantes de la historia de Francia y de la
humanidad. La fiesta de ella, que fue
fiesta nacional en su Patria, se celebraba el domingo siguiente al 8 de mayo,
pero el día consagrado a su memoria aparece en el Calendario Cristiano el 31 de ese mes".
Continuamos la charla con el Padre Sicker. Y aunque
omitió el nombre del personaje político que cita en el siguiente párrafo,
quizás por un exceso de discreción, yo
supe tiempo después, que fue el general Miguel Ydígoras Fuentes, el
protagonista de la escena a que se refirió mi ex director. En efecto, me contó
entre otras cosas, que un candidato presidencial, lo visitó para solicitarle
una colaboración muy extraña. Esta colaboración consistía en que desde el
Confesionario, promoviera una campaña proselitista entre los feligreses a favor
de su candidatura presidencial, y que al ocupar el poder ayudaría a manos
llenas no solo a él, sino a toda la Iglesia. En otras palabras, ya se conocían
en ese tiempo, los ofrecimientos demagógicos de los candidatos, cuyas promesas
electorales se quedan en promesas, defraudando a los electores.
El le
respondió que eso era imposible. Se lo prohibía la Iglesia Católica, de acuerdo
con el Código Canónico. Además él era extranjero, de nacionalidad austríaca.
Amaba a Guatemala como su segunda Patria, pero las legislaciones de cada país
no permitían que los extranjeros se
inmiscuyan en la vida política y asuntos internos de los estados. El candidato salió de la Sacristía del Templo con las
trompetas destempladas. Con su música a otra parte. "Pero él",
concluyó el Padre Sicker, "jamás se hubiera prestado a un asunto reñido
con la moral y la ley, muy alejada de su manera de ser". Una cordial despedida selló la charla.
Los hermanos maristas
El
Director del Infantes se llamaba don León Lacombe. Hermano Marista, educador,
de origen francés, alto, regordete, ceñudo, entrado en años, inaccesible, de
carácter áspero y refunfuñón, que impartía las clases de catecismo. Mi profesor
fue el Hermano Efrén. Competente educador, de carácter inflexible y un poco
irascible, como eran los caracteres de la mayoría de los hermanos maristas
recién llegados a Guatemala, y aquí si cabe agregar, de un subido color inquisitorial.
Conmigo tuvo un tratamiento especial. Cálido, afectuoso y comprensivo, que me
obligaba al cumplimiento de los deberes y obligaciones del alumno, para no
defraudarlo. Sin embargo, un lamentable incidente me ocurrió cierto día. No se
como cayó en mis manos una novela titulada "Malditas sean las
Mujeres", que leía con avidez. El autor era el brillante, pero
controversial periodista, crítico y novelista colombiano José María Vargas
Vila, creador de novelas de carácter morboso, y relatos llenos de inmoderada
violencia, que gozaron de gran notoriedad en su época. Don Efrén me decomisó el
libro que yo había escondido en mi pupitre. Se apoderó de él y fue a parar a
manos del Director. A don León los alumnos lo apodaban con el "mote"
de "mojojoy". Quien sabe porque, talvez por su iracundia.
Por más
que insistí para la devolución del bendito o maldito libro, no prosperó ninguna
gestión. Al contrario, hasta se habló de mi expulsión del colegio, por
entregarme a lecturas nocivas prohibidas por la Iglesia. Y el caso adquiría
mayor gravedad, tratándose del autor colombiano, cuyos escritos estaban
señalados de obscenos y porno-gráficos, reñidos con la moral y las buenas
costumbres. Y de consiguiente, condenados y rechazados por el Clero, y los
furibundos moralistas. Gracias a Dios de que la Inquisición había quedado
abolida desde la Revolución Francesa, pues de lo contrario yo también hubiera corrido la mismísima suerte de
muchísimos cristianos, con mis huesos ardiendo en la hoguera. Esta expresión
inmoral de Vargas Vila fue muy conocida en aquellos días: "Cuando la vida
es un martirio, el suicidio es un deber".
Imprudentemente,
a pesar de que el cotarro estaba tan
alborotado, no me di por vencido, al reclamar mi libro. Llegué a la insensatez
de comprometer a mi hermano Jorge, que cursaba el segundo año de primaria, para
que le hablara al Director pidiéndole que me devolviera el polémico librito,
sin reparar en el riesgo de duras represalias a que lo estaba exponiendo. Pues
bien, a la hora del recreo, aprovechando que Lacombe se encontraba en la
esquina de uno de los corredores, embebido en una lectura mística, Jorge se le
acercó ingenuamente, y le dijo que de mi parte le hiciera entrega del libo de
mi propiedad, que tenía en su poder.
Si una
serpiente cascabel hubiera mordido al director, estoy seguro que no hubiera
reaccionado como lo hizo. A gritos y ademanes histéricos, le exigió que se
apartara de su vista, so pena de propinarle una tremenda paliza con el grueso y
largo garrote que amenazante blandía en una mano. Es obvio suponer el pánico
que se apoderó de mi pobre hermano. Más volando que corriendo, salió atemorizado a refugiarse en el aula
del segundo grado de primaria, de donde no se atrevió a salir hasta que finalizaron
las clases de ese día.
En medio
de este caos. En medio de la tempestad desatada en un vaso de agua, don Efrén,
- que para mí fue una persona humanista y comprensiva, y a mucha distancia de
los arrebatos y pataleos de don León -, me buscó para charlar a solas conmigo.
Me dio sabios consejos, y orientaciones
para la mejor escogencia de
libros, novelas, revistas y cuanto material de lectura pasa por nuestras manos.
Me contó que por ser colombiano, había conocido al novelista, pero que de ninguna manera compartía el
pensamiento y la pluma perversa,
maligna y venenosa de Vargas Vila, que tanto perjuicio estaba causando a la
sociedad, particularmente a la salud
mental de la juventud de ambos sexos.
Por las presiones de la Iglesia y la sociedad de Colombia, se vio obligado a
huir del país y refugiarse en México. Allí siguió imprimiendo sus atrevidas
producciones, en algunas editoriales que medio le abrieron sus puertas, hasta
su trágica muerte en 1933, al quitarse
la vida de un disparo en la cabeza. Mi profesor me preguntó si había
leído otras novelas de él. Le contesté que sí. "María Magdalena", (en
mi concepto, una obra denigrante, injuriosa, infamante y venenosa para la Santa
Penitente, a quien yo admiro y respeto con singular devoción). Y, "Los
Parias", de profunda filosofía socialista, pero de incitación violenta a
las masas populares. Otras obras de este autor que ocuparon primeros lugares en
circulación, que yo no leí, fueron entre otras, "Ibis, Aura o las violetas, Flor de fango y las Rosas de la
tarde". Por supuesto que "Malditas sean las mujeres", se
convirtió en un montoncito de cenizas, según me contó un alumno interno, pocos
días después.
No
quiero cerrar este capítulo sin antes traer a la memoria, los nombres de algunos condiscípulos y
amigos de aquellos lejanos años del colegio de Infantes. Muchos de ellos, yo
creo que casi todos, ya pasaron a mejor vida, pero a todos los recuerdo con
estimación y cariño.
Amigos y
compañeros de grado recuerdo a los hermanos
Dante y Flaminio Rosito, René Flores, Tono Aycinena, Roberto Alejos,
Chico Arrivillaga, Ricardo Arguedas, Mario y Leonel González, Tono Anzueto,
Jorge Micheo, Jorge, Roberto, René y Augusto Vizcaíno, el Canche Andréu, Manuel
Eduardo Aparicio, Tacuasín Mazariegos, Joaquín Alcain, Alejandro Stormont,
Jorge Lascout y Federico Buonafina.
Aunque estudiaban en años superiores fueron mis
amigos: Polo Castellanos y su hermanos Rafa y Quique, Jorge Pellecer, Alfonso
Marroquín Orellana y su hermano Polo, Felipe Valenzuela, Luis Aycinena, Daniel
Barreda, Pedro Cofiño, y muchos más respetables compañeros de estudios que se
escapan de mi memoria por las inclemencias del tiempo. Aunque estudiaban en el
Instituto Modelo, del recordado don Miguel Asturias Quiñónez, no puedo dejar de
mencionar los nombres de Guicho Beltranena, Fito Aguirre y el Seco Tejada, con
quienes me unió una entrañable amistad. Entre los compañeros de Jorge mi
hermano recuerdo a Roberto y Fito Castañeda, Jorge Aycinena, Inés Arimany,
Pepín Villaverde, Julio González Celis, Alfonso Sobalbarro, Mario Gamalero...y
muchos mas.
Inolvidable
velada en el Palace: Tito Guízar y Willy Toriello en un mano a mano
En los años comprendidos de 1935 a 1941, existen para
mí, multitud impresionante de recuerdos. Son retazos de mi vida, que no es posible dejarlos al margen de VIVENCIAS, y
que con todo gusto los traslado a mis amables lectores.
Los
primeros radio receptores llegaron a Guatemala
en los inicios de ese quinquenio, de las marcas RCA Victor, General
Electric, Atwater Kent y Crosley. El distribuidor de estos últimos aparatos fue
don Enrique Toriello. Con la anuencia del lector, recorro con mi pensamiento,
los recuerdos de aquel entonces. A la casa del callejón de corona, Willy,
(hermano de don Enrique y de don Jorge, alumno de mi papá en el tercer año de
la Escuela de Derecho, años después, Canciller del gobierno de Arbenz), llegaba
como agente vendedor de esos aparatos de radio, que, armado de una tremenda
guitarra, nos endulzaba el oído con su melodiosa voz, al entonar alegres
canciones rancheras del folklore
mexicano. Para corresponder las gentilezas artísticas de Willy, mi papá
le compró no se cuantos radios. Pero lo cierto es que en la casa no habían
menos de cuatro o cinco Atwater Kent y Crosley. Yo me apoderé de uno de estos
aparatos maravillosos, y lo instalé en una salita a la entrada de mi
dormitorio. En esos días llegó a nuestro país, uno de los cantantes mexicanos
de música ranchera más cotizados. Me refiero a Tito Guízar, figura estelar que
por su apuesto continente y su excelente voz de barítono, conquistó multitud de
simpatizantes en su país y fuera de el. A Guízar, las multitudes,
particularmente del bello sexo, lo
aplaudían y vitoreaban como un ídolo de la música popular mexicana.
Yo
asistí al recital que dio en el Palace. Me impresionó su conmovedora voz, al
escuchar esas canciones que no pasan de moda. Entre otras, "Cielito
lindo", "Allá en el rancho grande", "Jalisco nunca
pierde", "La piña madura", "Adelita". Cuando
interpretó "La piña madura", necesitaba de una segunda voz, que le
hiciera eco a la letra de la melodía
ranchera. Willy Toriello saltó desde la platea al escenario. Lucía como Tito,
vistoso y pintoresco traje de charro, para responderle "como hombre"
las provocativas estrofas de la canción. El publico que llenaba la sala del
Palace, estalló en delirante
entusiasmo. La gritería, las vivas, y los aplausos tronaban al concluir la
canción, y cuando Tito y Willy bajaron del escenario, fueron insuficientes los
hombros para cargarlos. Las mujeres con lágrimas en los ojos, les lanzaban
besos y ramos de flores.
Fue en
ese entonces cuando vio la luz pública la XEW "La voz de la América Latina
desde México", que en su frecuencia de 900 kilociclos onda larga, entraba
con toda nitidez en los escasos receptores que había en la capital. Talvez unos
1500 aparatos.
Las
noches de los lunes, miércoles y viernes, los conciertos de Agustín Lara,
patrocinados por los productos de tocador "Tres flores", los
escuchábamos en la sala la familia completa. Los siete hermanos, algunos
vecinos y mis papás, no perdíamos detalle de los gustados programas. Era
deleitante oír las consagradas voces de Toña La Negra y Pedro Vargas,
insustituibles intérpretes de las bellas canciones del "músico poeta",
como se le llamaba al genial compositor veracruzano. Quiero recordar los
nombres de algunas de las canciones, que formaban los números musicales de esos
conciertos, y que en alguna oportunidad usted amable lector habrá escuchado, y
valorizado, esa música de mucho sabor y de mucha armonía, sin dobleces
maliciosos y sin salirse de la poesía estrictamente romántica y humana. El
insigne compositor tenía especial predilección por dos de sus canciones:
Farolito y Azul. Esta ultima servía de
tema musical de sus audiciones. A continuación menciono las más populares y
gustadas melodías: Oración Caribe, Palabras de Mujer, María Bonita, Solamente
una vez, Mujer, Veracruz, Conchanacar, Palmeras, Madrid, La cumbancha, Noche de
ronda, y Tus pupilas. Asimismo figuraban en los primeros lugares de
popularidad, El Cisne, La Revancha, La Marimba, y decenas más de una gran
fantasía musical, que se escapan de mi memoria. Toda su producción recorrió la
América Latina y España, y aún otros países del mundo entero, como Francia e
Italia, en que sus inspiradas composiciones musicales fueron recibidas con
singular simpatía por los amantes de la música popular.
Lara
visitó nuestro país en 1937. Con mi padre presenciamos cuando ingresó a la
emisora TGX, del Libe-ral Progresista, de mi recordado amigo Miguel Angel
Mejicano Novales, colaborador y amigo del dictador. Por eso la TGX, fue la
única radiodifusora particular que funcionó en tiempo de Ubico, en el mismo
edificio del periódico "El Liberal Progresista", vocero del partido
oficial, ubicado en la novena avenida sur, entre la décima y once calles.
No se me
olvida que el famoso compositor, lucía un elegante traje gris claro, acompañado
por amigos suyos, guatemaltecos y mexicanos,
periodistas y elementos de su
seguridad. Nos llamó la atención el intenso despliegue de la policía secreta en
los puntos cercanos al edificio de la radioemisora, y en las bocacalles
cercanas. Jamás supe la aversión del presidente Ubico, al Maestro Agustín Lara.
Al extremo que su hermosa música estaba
prohibida, que la ejecutaran las marimbas o reproducirla en discos, en las
cuatro estaciones de radio que operaban
en el país. Estas eran, TGW, La Voz de
Guatemala, TG1 y TG2, Radio Morse de la Dirección General de Comunicaciones, la
TGX, ya citada, y la TGQ, La Voz de Quetzaltenango.
Volviendo
a tomar el hilo de la narración sobre las actividades musicales de la XEW,
traigo a mi memoria los nombres de aplaudidos cantantes de la talla de Lola
Beltrán, Lucha Reyes, Amalia Mendoza, Ana María González, Jorge Negrete y Pedro
Infante, sin olvidar, a las excelentes vocalistas como María Luisa Landín y su
hermana, las Hermanas Aguila, (Paz y Esperanza), que compaginaban sus lindas voces en un dueto de maravillosas entonaciones. Lupita Palomera, Amparo
Montes, Elvira Ríos, que tenían un delicado gusto de escoger para sus
interpretaciones, las canciones más románticas de Agustín Lara, de Alberto
Domínguez, María Grever, Gabriel Ruiz, José Alfredo Jiménez o Tata Nacho.
Otros
cantantes muy destacados en esos días fueron, Emilio Tuero, Fernando Fernández,
Ramón Armengod, Juan Arbizu, Cuco Sánchez, Los Hermanos Martínez Gil, y el
doctor Alfonso Ortíz Tirado. Final-mente recuerdo a los académicos locutores,
con que contaba la XEW, entre ellos Pedro de Lile, Ignacio Santibañez, el
bachiller Alvaro Gálvez Cifuentes, y el eximio Manuel Bernal, considerado como
el mejor declamador de la América Latina. A varios de estos locutores tuve el
honor de conocerlos, cuando en 1947 visité los estudios de la emisora, en
avenida Ayuntamiento, en ocasión en que asistí integrando la delegación de
Guatemala, a la Primera Conferencia
Mundial de altas frecuencias, que tuvo lugar en el Distrito Federal. Pero de
esto hablaré en su momento.
Estuve a punto
de ser militar. Mi incursión en la radio. Pregonero de la lotería
Volaba el mes de julio de 1938. No se porque extraña circunstancia, hice solicitud de
ingreso a la Escuela Politécnica. Dos meses antes de los exámenes de admisión,
el coronel René Morales, profesor de la Escuela, nos dio clases a tres
aspirantes sobre las principales materias que teníamos que sustentar. Creo que
geografía e historia de Guatemala, gramática castellana y matemáticas. Mi tío,
el licenciado Carlos Salazar, medio hermano de mi papá, que ejercía fuerte
influencia en la escuela militar, en reconocimiento a sus méritos como el
cadete 88 de la antigua Escuela Politécnica, y por mi condición de pensionista,
es decir que los gastos de mis estudios, mi papá los iba a sufragar, me colocaban en una posición muy
ventajosa para mi ingreso a la Escuela
Militar. A esto hay que agregar que mi tío Carlos, desempeñaba la cartera de
relaciones exteriores, lo cual también me favorecía. Otro factor que me ayudaba
para mi ingreso, es que el coronel Morales tuvo la gentileza de facilitar a sus
tres alumnos, los tests de los exámenes de admisión. De suerte que los tres
aspirantes que recibimos clases de él, obtuvimos los tres primeros lugares en
las pruebas de evaluación. A mi me correspondió el primer puesto. Nos
presentamos alrededor de 150 aspirantes, en su mayoría bequistas, o sea que
corría por cuenta del Estado su hospedaje y estudios. El cupo oscilaba en más de cincuenta plazas. Pero la suerte afortunadamente
no me sonrió. En el examen de la vista fui eliminado. Y cosa extraña, jamás he
padecido de la vista y nunca he necesitado lentes de graduación, incluso hoy en
los años otoñales de la vida, leo perfectamente bien sin anteojos. ¡Cosas
veredes Sancho amigo!. Entre paréntesis, mi señora madre siempre desaprobó que
yo siguiera la carrera de las armas...y seguramente, La Santísima Trinidad, de
quien era muy devota, la escuchó, y le hizo el milagro. Por supuesto que me prometí no hacer un
segundo intento, como ocurría con muchos aspirantes, que después de un montón de veces de presentarse a las pruebas de
evaluación, por fin ingresaban... talvez por inercia. Al quedar cerrada esa
simpática experiencia, tomé un camino completamente distinto, que lo recorrería
en un largo trecho de mi vida. Y al igual que todos los caminos, no lo
encontraría precisamente bordeado solo de rosas, sino también de espinas,
y mas espinas que rosas, pero que en definitiva, me hizo penetrar a
un mundo de sorpresas y satisfacciones muy agradables. Veamos que ocurrió.
Me
puse bien catrín. Traje claro, camisa blanca, corbata oscura, zapatos negros.
Pasé al parque central a darme un lustre. Me dirigí a la dirección general de
comunicaciones a solicitar una plaza de locutor en la Radio Morse, con tan buen
augurio que después de las pruebas a que fui sometido, fui admitido como
locutor suplente, es decir para llenar vacantes temporales o prestar servicios
de locución en transmisiones a control remoto. Se me asignó un programa de
lunes a domingo de las 10 a las 12 horas, en los estudios de la Emisora. Mi
trabajo consistía en la lectura de boletines del gobierno, intercalados con
música ligera o selecta popular, en grabaciones eléctricas que contenían
valses, mazurcas, chotis, polkas, y demás música de ese género, con orquestas
sinfónicas, de cámara o conjuntos de cuerdas. Los operadores, desde la cabina
de controles, se encargaban de los aspectos técnicos de los programas, abriendo
y cerrando micrófonos o poniendo y quitando discos. Con todos ellos hice muy
buena amistad.
Muy bien recuerdo un álbum de aires españoles.
"Los Piconeros" y "Antonio Vargas Heredia", célebre torero
español, en la inigualable voz de la famosa Imperio Argentino. La voz de la
soprano lírica alemana Erna Sargs, interpretando los valses de Strauss. Al
tenor italiano Enrico Caruzo entonando trozos selectos como "La Donna
Inmovile", o el canto napolitano "O sole mío", o fragmentos de
la opereta La viuda alegre, de Franz Lehar, o las conocidas baladas de
"Carmen", de George Bizet.
Mi jefe
inmediato superior se llamaba Félix Calderón Galicia, subdirector de
comunicaciones en el ramo de telégrafos. Magnífica persona de quien recibí
solícita-mente apoyo y estímulo en mis labores. La secretaría la desempeñaba don José Luis Pineda, quien
también me brindó su amistad, y a quien volví a encontrar años después, en la secretaría de la junta
directiva del IGSS, cuando trabajé como jefe de relaciones públicas del seguro
social. En ese empleo conocí a excelentes
personas. Francis Gall, ex combatiente
de la segunda guerra mundial, y encargado de la riquísima discoteca de música
selecta de la estación. A Ramón Mayorga, locutor oficial, con quien mantuve a
través de muchos años una inquebrantable amistad. No faltaba el primero de
noviembre, a la casa del callejón de
corona, a comer el buen fiambre, que preparaba mi mamá. En mas de una
oportunidad, a Moncho lo acompañó su señor padre, el recordado don Ramón, y
"Chita" su esposa, fallecida lamentablemente poco tiempo después.
También conocí a don Carlos García Bauer, que se desempeñaba como secretario de
la dirección general, y a su hermano José que trabajaba en el archivo.
Cierto
día me llamó don Félix a su despacho. Me comunicó mi nombramiento de Pregonero
de los sorteos de la lotería nacional, que la estación transmitía a control
remoto el primer domingo del mes a las 10 de la mañana. No recuerdo bien el
monto de la remuneración por cada sorteo, que me cancelaba la lotería, pero
creo que era una poquedad, algo así como 15 o 20 quetzales. Pero esos billetes
me eran de mucha utilidad para gastos menores.
Tenía en el bolsillo para comprar una caja de chocolates para la novia,
o invitarla al cine, o a tomar un helado, o una taza de café con leche en el salón Sharp, que era lo
de mas tupé en aquel entonces.
Los
sorteos se verificaban en el edificio de la Lotería Nacional, que estaba
situado en la octava avenida y décima calle, en presencia de unas 500 personas
que acudían ansiosas en busca del gordo, o cuando menos de una colita de
reintegro, por las terminaciones de los premios mayores.
En el
proscenio se encontraban instaladas las dos urnas que contenían las balotas o
"pelotillas". La más grande contenía las balotas marcadas con los
números de los billetes, y la otra los
premios. Las balotas caían en unos vasos de cristal, colocados en medio de las
urnas, por medio de unos conductos cilíndricos que manipulaban internos del Hospicio Nacional. El
Pregonero, con cubre mangas blancas, ceñidas en las muñecas con elásticos,
extraía simultáneamente las balotas y las daba a conocer públicamente. La junta
directiva de la Lotería Nacional, supervisaba y presidía el sorteo. Casi
siempre estaba integrada por las mismas personas, que eran, don Francisco
Cordón Horjales, director general de beneficencia pública, don Antonio Linares,
vecino honorable en representación de la sociedad, don Francisco Arévalo,
tesorero de la lotería, el juez de paz abogado Cecilio Mayorga y el secretario
de la dependencia don Arístides Marchena.
Los sorteos se clasificaban en ordinarios y
extraordinarios. Los segundos se realizaban en fechas especiales del año, como
el Día de Reyes, el 15 de septiembre y la Navidad, en que las emisiones de billetes alcanzaban más de 30
mil números, y el premio mayor llegaba a los 125 mil quetzales. En tanto en los
sorteos ordinarios, el monto del primer premio llegaba a 75 mil quetzales, con
una emisión menor a los 30 mil billetes.
Me voy a permitir contar a mis lectores lo que me
ocurrió una noche como a las nueve, en la víspera de un sorteo
extraordinario. La muchacha de adentro
me avisó que me buscaban tres personas desconocidas, y que tenían urgencia de
hablar conmigo. Salí a la puerta de calle, y a los tres los conocía. Trabajaban
como empleados en la Lotería, y aunque con frecuencia nos habíamos tropezado en
las instalaciones del edificio, no sabía sus nombres. Los pasé a la sala y les
pedí que me informaran la razón de su visita. A grandes rasgos me explicaron de
lo que se trataba, y yo explicaré a los lectores, cual era la misión de la
misteriosa visita.
En un
cartapacio negro portaban un billete entero del sorteo extraordinario del día
siguiente. Y que tremenda sorpresa me llevé, porque tenían en sus manos, nada
menos que la balota con el número que correspondía precisamente al billete
entero que portaban en el cartapacio negro.
Me parecía increíble lo que yo estaba viendo. Y también me parecía
increíble lo que ellos estaban tramando. La riesgosa y fraudulenta operación,
consistía en cambiar la balota que saliera de la urna, por la que ellos tenían
en su poder, y que la habían extraído de la urna, o bien la habían falsificado.
La operación se haría en el momento en que saliera el premio mayor.
Como se dice
corrientemente, estos señores me habían agarrado en curva, sin luces y sin
frenos...yo no sabía que hacer...no podía salir de la sala para avisar a mi
familia, mucho menos acudir al teléfono para dar parte a las autoridades de la
lotería, o a la policía, porque me tenían acorralado. Comprendí que había caído
ingenuamente en una trampa, y que mi vida corría peligro. Medité profundamente.
Le pedí a Dios que me ayudara a salir de aquel atolladero. Pensé que al
acusarlos, no disponía de pruebas, ni siquiera de testigos, nada más que mi
palabra contra la de ellos, y entonces el intríngulis se revertiría contra mí,
pasando de acusador a acusado. Jugándome el todo por el todo, opté por rechazar
de plano la propuesta. No se como le hice, pero afronté el asunto con serenidad
y firmeza. Les dije que no daría parte
a las autoridades, por tratarse de amigos "honorables", conocidos
míos, de mi estimación y aprecio, y competentes trabajadores de la Institución,
a la que yo admiraba, como ellos también,
por su generosa finalidad proyectada a la beneficencia pública.
Comprendí que mis palabras habían surtido el efecto que yo perseguía. Sacudirme
de ellos con palabras melosas y prescindir de amenazas. Aunque en mi interior,
sentía deseos de avisar a la policía, y hundirlos en la cárcel.
El reparto del botín, o mejor decir de la estafa, se
distribuiría en un 50% para mí, y el otro 50% para mis delincuentes visitantes.
Pero la fiesta no se realizó. La piñata no fue quebrada. Y los dulces se
quedaron en la tinaja de barro.
La vigilancia que ejercía la policía secreta en los
sorteos, abarcaba todos los rincones del edificio. Pero naturalmente yo
constituía el objetivo principal, y por
eso metían entre el público muchos "cuijes", que vigilaban todos mis
movimientos, sin perder de vista hasta mis menores ademanes. Cuando salía el
premio mayor, la banda del Hospicio, ejecutaba después de las dianas, una pieza
musical, momento que yo aprovechaba para darme un pequeño descanso y tomar una
taza de café en una salita pegada al escenario, en compañía de Paco Cabarruz,
que era el operador asignado a los sorteos. Esa vez sucedió algo preocupante.
Pero que no dejó de darme risa. Resulta que cuando empujé la puerta de acceso a
la pequeña habitación, di un golpe en la frente al temible José Bernabé
Linares, jefe de la policía secreta, quien por el ojo de la chapa estaba
volando vidrio de todos mis movimientos. Pero no se porque razón no se percató
el intruso jefe policíaco de que había salido el gordo, y permaneció en su
puesto de vigía hasta que le di con la puerta en las narices. No dejó de contrariarme, pero más a él que a
mi. Naturalmente que el incidente me sirvió para poner las barbas en remojo.
Las
transmisiones a control remoto. La Orquesta Sinfónica Nacional.
Es el 14
de septiembre de 1939. Se conmemora el 119 aniversario de la Independencia
Nacional. La Secreta-ría de Instrucción Pública, invitó a un concierto de gala
con la Orquesta Sinfónica Nacional, a
las 9 de la noche, en la sala de
conciertos del Conservatorio Nacional de Música y Declamación. Cuando se
transmitían este género de programas, previamente, con cinco días de
anticipación, en la secretaría de la subdirección de comunicaciones, me
proporcionaban el programa a desarrollarse con las obras musicales que ejecutaría
la orquesta. Igual procedimiento se seguía con los conciertos de la Banda
Marcial y las bandas de los cuerpos militares reunidas en un solo grupo, que
Radio Morse transmitía desde la concha acústica del parque central, los días
miércoles a las nueve de la noche. Para elaborar los textos alusivos a las
composiciones musicales, o datos biográficos de los compositores, recurría a
las bibliotecas en busca del material que necesitaba. Los textos procuraba redactarlos con el mayor
número de datos de las obras, y de la vida de los compositores.
La sala
de conciertos del Conservatorio, deslumbraba esa noche con la presencia de una
selecta concurrencia. Hacían acto de presencia, altos funcionarios del
gobierno, Cuerpo Diplomático y Consular, y lo mas granado de la sociedad
guatemalteca. Al frente de la Sinfónica, como director titular, se encontraba
el maestro Gastón Pellegrini, de riguroso frac, batuta en mano listo para
iniciar el concierto. En sus respectivos puestos, igualmente vistiendo de frac como el Director, estaban pendientes
de la señal reglamentaria, - o sea tres ligeros golpes con la batuta, que
propina el director en el atril -, los sesenta profesores integrantes de la
agrupación sinfónica mas sobresaliente de Centro América. Hacía pocos días que
Pellegrini había asumido ese cargo, sustituyendo por disposición del gobierno
al maestro Salvador Ley, que quien sabe porque razones fue removido. A la derecha y al frente del director, estaban
colocados el violín concertino y los violines primeros, y a su izquierda los
violines segundos, y enseguida el peso completo de la orquesta, dejando
espacioso lugar al solista, para el piano, para el arpa, para el órgano o el
violín. Seguían en formación circular, las violas, violoncelos, contrabajos,
oboes, flautas, pícolo, clarinetes, fagotes, cornos, trompetas, trombones,
tuba, timbales y percusión.
Un profundo silencio invadió la sala. La Orquesta
Sinfónica Nacional, irrumpió de pronto, magistralmente, con la Obertura Egmont,
del compositor alemán Ludwig van Beethoven, que como toda su música está llena
de sentimiento y de una fuerza de expresión conmovedora. Esta obertura la
escribió Beethoven en 1816 y está basada en la tragedia en prosa, en cinco
actos, del poeta alemán Goethe, que es una de las figuras mas altas de las
letras universales. El segundo punto del programa, fue el Concierto Número Uno
para piano y orquesta del compositor ruso
Peter Ilich Tchaikovski, que hizo vibrar la sala de conciertos, con la
fuerza impresionante de la instrumentación de la orquesta. Mención especial
mereció la virtuosa solista Georgette Contoux de Castillo, que con su
genialidad de artista, interpretó al piano a toda profundidad, el sentimiento,
la sobriedad y la expresión de estilo, de esta hermosa obra del inmortal
compositor ruso.
Nos da
la sensación de que en el concierto de gala, en homenaje a nuestra Patria,
predomina la tendencia por la música del insigne compositor alemán, ya que el
maestro Pellegrini, acaba de levantar la batuta, y dirige la impresionante
Quinta Sinfonía de Beethoven. Antes de caer el telón, para cerrar la primera
parte del programa, la Sinfónica interpreta "Claro de Luna", del
sensitivo compositor Claude Aquiles Debussi, en el estilo evocador, sutil y
renovador del lenguaje musical, que caracterizó a las inspiraciones del genial compositor francés.
En la segunda parte del concierto, se incluyó música
de compositores guatemaltecos. Se abrió con la "Obertura Indígena Número
Dos", del maestro don Jesús Castillo. Siguieron fragmentos de la
"Opera Quiché Vignac", del mismo compositor, y la audición de gala se
cerró, con los aires folklóricos de "Fantasía Campesina", del
inspirado compositor quetzalteco, doctor José Pacheco Molina.
1940: El baile del 30 de junio en el Casino
Militar.
Cuando yo llegué a las 8 y media de la noche, Pepe
Vargas, técnico de Radio Morse, y los operadores Mario Portilla y Enrique
Ruano, estaban dando los últimos toques en la conexión de los aparatos del control remoto, y me
enteraron de que las pruebas y el enlace con los estudios funcionaban a pedir
de boca, y que todo se encontraba listo
para abrir los micrófonos a las nueve en punto. Mientras llegaba la
hora, recorrí y di un vistazo por todas partes, y me dio gusto ver los amplios
y bien iluminados locales del edificio, que lucían con sus pisos bien
brillantes y las mesas redondas y rectangulares para los comensales, luciendo
nítidos manteles blancos con rosas rojas graciosamente desparramadas en ellas. La espaciosa sala que unía con el
corredor de la entrada, convertida en la pista de baile, con capacidad para
unas 150 parejas, el comité de festejos la había adornado con gusto y
creatividad, pendiendo del techo globos en variedad de colores, y en las
paredes vistosos y grandes letreros con frases alusivas al 30 de junio. Los
locales interiores seguían la misma
línea de adornos. El aroma agradable y penetrante del pino que daba ambiente a
la fiesta, cubría el piso del corredor de la entrada y las banquetas de la calle.
El
edificio del Casino Militar se ubicaba en ese entonces, en la quinta calle
oriente y octava avenida norte, a una cuadra del Palacio Nacional en
construcción, donde pocos años después vio la luz pública el Instituto
Guatemalteco de Seguridad Social.
La música del suntuoso baile correría por cuenta de la
popular orquesta de Guillermo Rojas, la marimba orquesta "Alma India"
y la marimba "Palma de Oro",
de la TGW. Entrando al baño me topé con Francis Gall. Me sentí molesto, porque
no disimulaba su extrañeza, al ver la corbata blanca de mi smoking. Era la primera vez que yo vestía así, y no sabía
de esas cosas, porque no estaba familiarizado con la etiqueta. Me ilustró de
que la corbata blanca de mariposa, se usaba para el frac, y la negra para el
smoking. "Acompáñame", me dijo, y me arrastró a la cocina. Allí habló
con un camarero, lo despojó de su corbata negra de mariposa, y la colocó en el cuello de "pajarito" de mi
adornada camisa de etiqueta, de doble puño con bonitas mancuernillas.
"Ahora ya puedes abrir la transmisión", me dijo Franz finalmente. Lo
que es la vida, dije para mis adentros; el camarero luciendo mi fina corbata
blanca, y yo con la ordinaria corbata negra del humilde camarero. Pero la
etiqueta es así, y yo no había reparado en el sacrilegio que estaba cometiendo,
al poner-me una corbata inusual en la indumentaria que vestía por primera vez.
Y si no hubiera sido por mi buen amigo, hubiera "metido la pata"
poniéndome en tremendo ridículo
A las
nueve de la noche de aquel jueves 30 de junio de 1940, la marimba Palma de Oro,
iniciaba sus ejecuciones musicales en el baile del Casino Militar. Con gran
estruendo interpretó el Número 5, que el compositor Pedro Tánchez, dedicó al
presidente Ubico. En ese momento comencé la narración con toda clase de
detalles del festival que se realizaba, que contaba con la asistencia de jefes
y oficiales de las fuerzas armadas, secretarios y subsecretarios de Estado,
altos funcionarios del gobierno, ministros plenipotenciarios, cónsules y
vicecónsules, y numerosas personalidades de la sociedad.
Los
militares vestían uniforme de gala, con
tela de gabardina color azul, charreteras y bordones dorados, estrellitas
doradas en las mangas del uniforme, denuncian-do su rango. Porque tres
estrellitas correspondían a los generales de división y dos para los de
brigada, tres barras gruesas identificaban a los coroneles, dos a los tenientes
coroneles, y las cintas mas delgadas correspondían a los tenientes, capitanes y
mayores. No dispongo de datos exactos, pero el número de generales de división
oscilaba entre 35 a 40, y los de brigada entre 55 a 60. Si no me equivoco, fue en esos días o un
poco después, cuando se creó el grado
de Comandante General, que recayó evidentemente en el Presidente Ubico, y el de
Teniente General en el ministro de la guerra general de división José
Reyes.
Las
hermosas mujeres, esposas, novias, familiares o amigas de los militares y
civiles, ponían la sal y la pimienta
del festivo banquete. Sus peinados de varios niveles, y sus pomposos atuendos
al ultimo grito de la moda, figuraban
un arco iris de rubias, trigueñas y morenas, altas y chaparras, gruesas
y flacas, guapas y hermosas, coquetas y serias, lindas y feas, que asistían al
gran baile que conmemoraba el 69 aniversario del triunfo de la Revolución
Liberal del 30 de junio 1871. Había para todos los gustos, hasta para los
gustos más exigentes. Pero al final de cuentas, todas eran mujeres, y entonces
eran dignas de consideración, admiración y respeto, porque si bien la belleza
es fugaz, los valores espirituales son imperecederos.
Un mensajero se acercó a mí, y me
entregó un fajo de telegramas de varios departamentos de la república.
Reportaban la transmisión. De Zacapa, el intendente municipal y la corporación
edilicia saludaban al ejército en su día, y a la emisora por la nitidez de la
transmisión; similares mensajes de Cobán, Salamá, Puerto Barrios, Retalhuleu,
San Marcos, Huehuetenango y Quetzaltenango. El de la linda Xelajú decía:
"Los congratulo cordialmente por excelente transmisión. Atento. Firma.
Mariano López Mayorical. Intendente Municipal. Tam-bién de Quetzaltenango,
recibimos el conceptuoso mensaje del jefe político, coronel Carlos Enríquez
Barrios, y asimismo del tercer jefe de la policía, coronel Oscar H. Peralta,
autor del conocido tango "Corazón de Madre", y de su estimable
familia. De Retalhuleu un mensaje cordial del Intendente municipal, don Tirso
Córdova. A todos les agradecí sus finos mensajes.
Se acercan a los micrófonos varias damas con unos
señores, para solicitarme que le haga una entrevista al gran actor
norteamericano Errol Flinn, ya prevista por mí, que se encuentra en la fiesta
como invitado de honor. Accedo con gusto a la invitación, y tomo en mis manos un micrófono con cable bien
largo, y me acerco a la mesa especial donde se encuentra el ídolo
cinematográfico de Hollywod en ese entonces. Alto, rubio, delgado, de ojos
azules, de mirada sosegada e inteligente, de fisonomía simpática, de unos
veintitantos años, luciendo elegante smoking blanco, hablando en perfecto
español, me atiende con soltura y afabilidad. Me dice que no conocía Guatemala,
pero que se sentía enamorado de este hermoso país, y de sus habitantes, por su
hospitalidad y cortesía. Yo le hablé de las etnias que conforman el tejido
social del país, que aún conserva ancestrales tradiciones de su trascendente
pasado indígena de la civilización Maya. Me manifestó su honda admiración, por
el pasado heroico de las legendarias civilizaciones Maya, Azteca e Inca. La
entrevista con el talentoso artista, de colosales películas de aventuras, duró unos cinco minutos, porque las
atenciones que le prodigaban eran abrumadoras, y no permitían el lujo de la
prodigalidad. Hablamos sobre generalidades de su carrera artística, y en torno
a sus películas mas aplaudidas, como Robin Hood, El Príncipe y el Mendigo,
Casanova Aventurero, Ben Hur, y muchas mas de sonoros éxitos internacionales.
Finalmente se refirió a sus próximas películas que se rodarían en Africa y
Europa. Confieso que quedé gratamente impresionado, de su interesante y
magnética personalidad.
Dentro
de la numerosa concurrencia alcancé a ver a
altos funcionarios del gobierno. Entre ellos, al ministro de gobernación
licenciado Sáenz de Tejada, al de agricultura general Roderico Anzueto, al de
instrucción pública licenciado Villacorta, al secretario privado de la
presidencia licenciado Ernesto Rivas -el famoso Rivitas-, al director de la
policía, general David Ordóñez, de hacienda licenciado José González Campo, y
al de relaciones mi Tío Carlos con su esposa Margot Molina Llardén. No muy
lejos divisé al tesorero general de la nación, don Gustavo Wild Ospina, al
secretario general de la presidencia el jurista don Carlos Recinos, al rector
de la Universidad Nacional doctor Ramón A. Calderón, al Jefe de la Plana Mayor
Presidencial, general Factor Méndez, al presidente de la Corte, licenciado
Rafael Ordónez Solís, y al presidente de la Asamblea don Luis F. Mendizábal,
todos con sus respectivas familias, y sin faltar desde luego el jefe del
Protocolo don Delfino Sánchez Latour.
Entre
otros amigos y conocidos, saludé al general Mario Ochoa Méndez, al mayor Carlos
Aldana Sandoval, al coronel Ramiro Gereda Asturias, al general Cipriani, al
capitán Jacobo Arbenz, al licenciado Luis Barrutia, sub secretario de gobernación,
y muchos más que disfrutaban del alegre festival, como los cadetes Neto Páiz,
Ricardo Orellana, Ricardo Peralta, René Molina Sierra, Rolando Chinchilla,
Manuel Eduardo Aparicio, Braulio Laguardia, y un montón mas de viejos amigos
que siempre recuerdo muy gratamente.
Consulté
mi reloj. Las manecillas apuntaban las 12 de la noche. Cerré la transmisión. Y
revisé la mesita colocada cerca del micrófono, que me servía para poner mis
papeles y otros chunches. Y encontré otro fajo de telegramas reportando la
transmisión. Así como varias invitaciones de amistades para compartir en
algunas mesas.
Antes de salir me dirigí a la mesa que ocupaban el
general Miguel Ydígoras Fuentes, -director general de caminos- su esposa doña
María Teresa Laparra y su hija Carmencita, con quien bailé varias piezas,
cuando la marimba orquesta Alma India, tocaba unos lindos boleros de mucha
actualidad.
En la
puerta abordé mi vehículo. Un modesto Chevrolet de cuatro puertas, que tenía en
el vidrio delantero un rótulo, que los muchachos colocaron con el nombre de la
Emisora. Decía "Radio Morse", el cual me brindaba luz verde para
desplazarme con mas facilidad por las calles de la ciudad. Arranqué y enfilé
para mi casa.
La feria de noviembre. Transmisión
con equipo ambulante.
Es una
mañana de principios del mes de noviembre de 1940, cuando los nortes ya
comenzaban a pegar con fuerza, y las bandadas de mariposas, con sus múltiples y
vivos colores, revoloteaban alegremente en los parques y jardines, que tuve que
atravesar a pie rumbo a mi trabajo. El subdirector de telégrafos don Félix
Calderón Galicia, me llamó a su despacho, para comunicarme que la Compañía RCA
Víctor, por medio de su representante en Guatemala, don Mario Bolaños García,
había suministrado un novedoso equipo portátil de radio transmisión, para que
lo utilizara Radio Morse, en la inauguración de la feria de noviembre de aquel
año. Me indicó que el Director General don Eduardo Pérez Figueroa, había
comunicado la buena nueva al señor presidente Ubico, y que todos mis datos
personales como locutor del evento, le fueron suministrados con toda precisión.
"Tome usted las providencias del caso", agregó don Félix ya para
despedirme.
Libreta en mano, salí volando al campo de la
feria en la finca nacional "La
Aurora", con una nota dirigida al presidente del comité organizador, a
manera de presentación, y para que se me suministraran las informaciones que
requiriera. Se comisionó a un representante que gentilmente me atendió, y que
me dio cuanta información necesitaba. Me condujo a los pabellones de la
industria, la agricultura y el comercio. A los novedosos juegos mecánicos,
entre ellos la monumental montaña rusa, y a la concha acústica, donde se
originarían los programas musicales, con artistas y conjuntos nacionales y extranjeros.
El delegado del comité, también me mostró los amplios espacios del hipódromo
del sur, destinado a las carreras de caballos, jaripeos y ejercicios
acrobáticos. Y finalmente un amplio y
decorado salón de baile y restaurante, de ambiente acogedor, profusamente
iluminado.
El
onomástico del presidente Ubico, se celebraba aparatosamente en todo el país, y
el domingo inmediato al 10 de
noviembre, se verificaba la inauguración de la feria. Eran las diez y media de la
mañana del segundo domingo de ese mes. Un cielo despejado, inunda el
firmamento. Corre un viento ligero, y una agradable temperatura invade el
ambiente. El presidente Ubico, acaba de inaugurar la feria con el corte de la
cinta simbólica. La Banda Marcial lanza al viento, alegres dianas. Tavo
Escobar, cargando como si fuera una mochila el equipo de radio, con una elevada
antena, y yo micrófono en mano, nos
metimos en la comitiva presidencial, a diez pasos del mandatario, que lucía
sonriente y complacido. Ubico vestía en
aquella ocasión, un elegante traje gris perla de casimir inglés. Camisa blanca,
corbata azul oscuro, zapatos negros,
sombrero Stetson gris oscuro, y espejuelos claros de poca graduación.
Con una leve inclinación de cabeza, y tocando ligeramente el ala del sombrero,
dirigió un saludo a los dos integrantes del equipo de control remoto. Gustavo y
yo, le devolvimos su saludo, con una respetuosa inclinación de cabeza. Durante
todo el recorrido que duró una hora y media, seguí atrás del presidente a la
prudente distancia de diez pasos. Sin embargo en tres oportunidades me acerqué
a él, e interpuse audazmente el micrófono, cuando era saludado en el salón de
exposiciones por conocidos empresarios, amigos suyos, o bien en el pueblo
indígena, cuando los principales de las
cofradías lo saludaron, lo abrazaron y se arrodillaron ante él, quemando
cohetes y bombas y aromatizando el ambiente con incienso y pon.
Se
presentó un incidente que me causó una molestia pasajera, y trataré de explicar
a mis lectores en que consistió. Resulta que el trencito de circunvalación,
sufrió un accidente al descarrilarse, y como consecuencia algunos niños y adultos sufrieron leves golpes, que fueron atendidos
prontamente por la cruz roja. Yo informé del incidente, pero recalqué que
Ubico, sin desatender ni por un momento sus funciones de mandatario, giró
inmediatas instrucciones para atender a los lesionados, como efectivamente así
fue. Esto produjo una reacción colérica en el poderoso general David Ordóñez,
director de la policía. Sin el menor miramiento, se acercó a mí y me increpó duramente, levantando la voz y
diciendo "no diga eso, hombre, no de esas informaciones". De fortuna
Tavo cerró el micrófono de un manotazo en el switch, y no salieron al aire sus
imprudentes palabras. Quise explicarle, pero
no me dejó. Y no se que Santo me hizo el milagro, de que no ordenara que
me colocaran los grilletes, y me metiera a la penitenciaría. Durante la
administración de Ubico, Ordóñez no fue la excepción. Los secretarios de estado,
los jefes políticos, los generales, los intendentes y hasta los funcionarios y
empleados de la más baja calaña, se caracterizaron de abusivos, insolentes,
arrogantes, gritones, con humos de grandes señores, que atropellaban verbal o
físicamente sin qué ni por qué, la dignidad de cualquier ciudadano no
importando su condición social. Obviamente también habían funcionarios atentos
y educados, pero eran la minoría.
Por eso
cuando una revista mexicana, publicó una entrevista con Ordóñez, movía a risa,
el mentiroso título que decía: "Lo cortés no quita lo valiente", y en
el texto de la publicación, se hacían grandes elogios de la cultura y valentía
del temible jefe policíaco.
Al medio
día nos encontrábamos en el parque de diversiones, al pie de la montaña rusa.
Ubico subió con sus ministros a ese monumental gigante. El general Reyes,
ministro de la guerra, se resistía a seguirlo, porque no solo estaba padeciendo
quebrantos en su salud, sino porque su
edad, ya no se prestaba para sufrir las fuertes emociones producidas por
el colosal aparato, muy adecuado para la gente joven. Sin embargo, el
presidente insistió, como si se tratara de una broma de mal gusto. Y al anciano
ministro no le quedó otra alternativa que obedecer los caprichos de su jefe. A las doce en punto despedí la
transmisión. Me dirigí con el operador al salón donde acampaban nuestros
equipos y aparatos de control remoto. El director general, don Eduardo, no
formó parte de la comitiva presidencial. Permaneció, como quien dice, al pie
del cañón frente a un radio receptor
RCA, chequeando la audición de principio a fin. Me estrechó la mano y me
felicitó. Me dijo que en ese momento había hablado telefónicamente con el
presidente Ubico, quien asimismo, expresó su satisfacción por lo novedoso del equipo
ambulante, y por la precisa narración de la inauguración de la feria. Según me
manifestó.
En su
edición de esa noche, el periódico "El Libe-ral Progresista", destacó
en grandes desplegados de primera plana, el acontecimiento ocurrido en la
mañana, insertando en tamaño grande numerosas fotografías, y dentro de un
círculo aparecí con el micrófono, y mi nombre al pie de los fotograbados.
Las giras presidenciales de Ubico y
las anécdotas de don Julio Caballeros.
La simpática broma de un ami-go
Recién
caído el gobierno del general Ubico, solía reunirme de tarde en tarde en el
"peladero" del Parque Centenario, o en alguna cafetería cercana, con
un recordado amigo, don Julio Caballeros hijo, que había sido hombre de
confianza del dictador, como jefe de los servicios de comunicaciones de la casa
presidencial. Don Julio era poseedor de
muchos secretos de la vida privada de quien condujo con mano de hierro, los
destinos de la nación por largos catorce años. Es cierto que Ubico hizo muchas
mejores materiales, y dio al país un estado de solvencia económica, que no
había tenido antes. Impuso orden y mantuvo el principio de autoridad, al nomás
asumir el poder. El tremendo error que cometió fue haberse reelegido, pues en
el segundo período se le pasó la mano, impuso su voluntad y desoyó a la opinión
pública, hasta su aparatosa caída en 1944. Pero esto es cuestión de los
historiadores, y ya lo han escrito, porque es la historia patria. Mi objetivo
es otro, y de eso están conscientes mis lectores.
Don
Julio Caballeros, fue un hombre de cuerpo menudo, inteligente radio
telegrafista, reservado y discreto, parco en su conversación, de ojos pequeños,
cejas pobladas, de mirada escrutadora. Carácter huraño y retraído, de pocos
amigos, pero muy leal, franco y
sincero. Quizás por esas cualidades suyas, el presidente lo tuvo muy cerca de
él, en un cargo sumamente delicado y de vital importancia para la seguridad del
estado. Nos hicimos amigos cuando yo trabajaba de locutor en la Radio Morse, y
él en su puesto de la casa presidencial. Esa amistad se fortaleció a la caída
del gobierno ubiquista, y de allí las interesantes anécdotas que me contó,
algunas de ellas que aún recuerdo, son las que trasladaré gustosamente al
lector, que forman de alguna manera páginas pintorescas de la historia de
Guatemala.
Todos
los años de su mandato, Ubico recorría el territorio nacional de punta a punta,
por los cuatro puntos cardinales, iniciando su gira el 15 de enero en el atrio
de la Basílica de Esquipulas, pero se cuidaba de no entrar al Templo porque los
liberales se lo hubieran comido vivo, y así lo decía él. Don Julio Caballeros
se las ingenió para construir un transmisor ambulante, que formaba parte de la
comitiva, que se le puso por nombre TG25, que operaba en onda corta en la banda
de 40 metros y que entraba como cañón en todo el país. Esas siglas
correspondían a la clave internacional de radio comunicaciones asignada a
Guatemala (TG, reafirmada en la I conferencia mundial de altas frecuencias en
México, a la que asistí integrando la delegación de nuestro país, como aparece
en las páginas de VIVENCIAS), y el número 25 que identificaba en clave al
general Ubico, por aquello del número 5. No solo en las cabeceras sino hasta en
los pueblos más recónditos, se le tributaba un recibimiento que pasaba de lo
fastuoso. Todas las autoridades
encabezadas por los jefes políticos e intendentes municipales se entregaban en
cuerpo y alma a organizar el recibimiento, desde las bombas y cohetes, mantas y
afiches con saludos de bienvenida, arcos ornamentales cargados de flores y
frutas, pasando por los desfiles escolares de niños y adultos portando
banderitas azul y blanco. El baile popular en su honor, cerraba alegremente la
visita presidencial. En los pueblos recónditos, donde no entraban los carros por
ser los caminos angostos o en mal estado, el gobernante se transportaba en
motocicleta, tripulando la suya propia y con una comitiva muy reducida, casi
siempre solo los oficiales de su plana mayor.
Recuerdo como si hubiera sido ayer, que cuando vivíamos
en la segunda calle de Tívoli y la Avenida La Reforma, cerca del monumento al
general Miguel García Granados, nos distraíamos con mis hermanos, amigos y
vecinos, viendo a unos expertos de la Harley Davidson, que enseñaban al
presidente a tripular aquellas potentes y grandes máquinas. Tengo presente que
arrancaban al frente de la Politécnica, y recorrían la Avenida La Reforma hasta
Los Arcos, y en más de una oportunidad estuvo a punto de caer al suelo, pero la
rapidez de movimientos de los alemanes que eran sus instructores, acudían
prestamente a impedirlo, o rescatarlo de los pedales de su motocicleta.
En sus
visitas anuales a los departamentos, las audiencias se desarrollaban en algún
edificio público, casi siempre en la jefatura política o en la intendencia
municipal, donde el presidente recibía a cientos de vecinos, que por un
denominador común se quejaban de los abusos y desmanes de los jefes políticos,
de los intendentes o de la policía. Los que verdaderamente sufrían con las
giras presidenciales, eran los administradores de rentas, que por exiguas
cantidades de dinero hasta por 25 centavos, Ubico los mandaba a la cárcel sin
oírlos ni vencerlos en juicio, y en ese sentido se cometieron verdaderas
injusticias, cuando los temibles contadores de glosa, hacían los cortes de
caja.
Don
Federico Hernández de León publicaba anualmente una voluminosa memoria de esas
giras, y como a mi padre le remitían un ejemplar, yo me divertía de lo lindo
leyendo las pintorescas escenas que ocurrían a cada paso. Traslado a mis
lectores algunos casos risibles y otros dramáticos. Una mañana Ubico amaneció
de buen talante, cuando de pronto se presentó en una audiencia una mujer del
pueblo de aquellas de rompe y rasga, y le pidió dinero porque le dijo que tenía
muchos hijos y que su conviviente no la ayudaba. El le respondió que no podía
darle dinero, porque si comenzara a repartirlo entre los pobres, no le
alcanzaría ni para comenzar, a lo que la mujer airadamente, le contestó que
entonces "a que jodidos venía a los pueblos". El mandatario
sonriéndose de semejante atrevimiento, le dio la espalda, pero ordenó a uno de
los oficiales de la plana mayor, que le hiciera entrega de una bolsa
conteniendo dinero.
En otra
ocasión, en una audiencia en Quetzaltenango, un indito ya entrado en años se
presentó ante el presidente, para quejarse de que el jefe político, que a la
sazón era el temible don Carlos Enríquez Barrios, no lo dejaba quemar unos
cohetes a las doce del día en el parque central, que era una costumbre
convertida en una especie de tradición de sus antepasados. Ubico reprendió con
voz fuerte y severa al jefe político, y le ordenó que no volviera a molestar a
Pedro y que lo dejara quemar su cohete, y todos los cohetes que el quisiera,
donde fuera y a la hora que le viniera en gana. A los padres de familia que se
quejaban de que una hija había sido engañada por su pretendiente, abandonándola
en estado de preñez, Ubico pegaba el grito al cielo, se volvía intolerante en
estos casos, ordenaba la presencia del tenorio irresponsable, que si no
respondía de honrar inmediatamente a la ofendida, lo condenaba a lo que se
llamaba los trabajos forzados de la ley de vialidad, o sea que se le
incorporaba a los grupos de reos que en los caminos rompían piedra para la
construcción de carreteras. El castigo
se levantaba cuando el acusado respondía honrando a su víctima, es decir
casándose con ella.
En una
oportunidad se presentó en una audiencia una pobre mujer, que había hipotecado
su casa a un prestamista, y éste valiéndose del derecho de retroventa, que fue
una figura del código civil vigente en ese tiempo, se quedó con la propiedad
sin mayores trámites, pero el presidente ordenó la comparecencia inmediata del
sujeto, y golpeando su escritorio con la bolsa de billetes de la señora, le
dijo al usurero que antes de las cinco de la tarde, debía de comparecer
nuevamente en su presencia, devolviendo la propiedad debidamente escriturada, o
de lo contrario lo fundía en la penitenciaría. Por más que el abogado y el
prestamista alegaron que estaban procediendo de acuerdo con la ley, Ubico les
respondió que a él no le importaba la ley, sino el acto de justicia que se
hacía a la señora, quien teniendo el dinero para cancelar el gravamen, se le
quitaba injustamente su propiedad. Esta cláusula del código, que se prestaba a
muchos abusos, injusticias y arbitrariedades, quedó definitivamente suprimida
en el código civil promulgado en 1963.
Una vez saliendo de un pueblo, un policía de tráfico
le marcó el alto al presidente y su comitiva, porque en ese momento pasaba un
entierro que interrumpía el paso. Enardecidos los oficiales de la plana mayor,
se bajaron de sus motocicletas, y solicitaron al mandatario que se le aplicara
"La ley fuga", o en ultima instancia que se le siguiera un juicio
sumarísimo, por el crimen cometido de interrumpir el paso al "Señor
Presidente". Talvez viendo "micos aparejados", uno de los
oficiales comentó que se trataba de un atentado comunista contra el Presidente
para asesinarlo, y que indudablemente tenía ramificaciones en todo el país,
procedentes de la Unión Soviética. El director de la policía general Ordóñez, -
que iba en la comitiva -, fue llamado de urgencia. El presidente le dijo que
averiguara el número y el nombre del
agente. Ya con estos datos le ordenó que lo trasladara a la capital, y le diera
un ascenso de oficial, y una suma de dinero, por el fiel cumplimiento de su
deber. Explicó que si bien la comitiva presidencial gozaba de preferencia de
vía, también un cortejo fúnebre por humilde que fuera, tenía ese mismo derecho,
y con mayor razón. El caso quedó definitivamente cerrado.
Continuemos
con las giras presidenciales. En el parque central de las cabeceras y
principales municipios se montaban programas musicales, en los que desfilaban
verdaderas promesas artísticas en el canto y la declamación, y muy buenos
aficionados que con un poco de capacitación se convertían en excelentes
cantantes. Una comisión del Conservatorio seleccionaba a los aficionados, dando
preferencia a las canciones populares del acervo nacional. La orquesta
Progresista, dirigida por el Profesor Gastón Pellegrini, también formaba parte
del cortejo presidencial, ejecutando en sus conciertos obras musicales más bien
del género ligero popular, adecuadas a cada ambiente. Pero hay algo que hasta
la fecha no me explico. No se como a don Julio le alcanzaba el tiempo para dar
cumplimiento a todos los menesteres a su cargo. Desde la instalación de las
antenas de transmisión, tendido de líneas, colocación de altoparlantes,
micrófonos, y encima de eso hacía las veces de técnico, operador y locutor. Y a
propósito de la TG25, un amigo en Chimaltenango, me jugó por esos días una
broma, que me valió un simpático y peligroso enredo amoroso, que puso en
peligro mi integridad física. Mas adelante se enterará el lector.
Otro de
los simpáticos episodios que me contó don Julio, fue el de un pasatiempo muy
recreativo para el presidente. Cuando terminaban las giras presidenciales, el
equipo de la TG25 lo convertía en un transmisor de radio aficionado, al extremo
que Ubico se hizo socio del club de radio aficionados de Guatemala, y pasaba
hasta altas horas de la noche y muchas veces hasta el despuntar del nuevo día,
con micrófonos y audífonos, platicando y bromeando con amigos del mundo entero,
granjeados con ese pasatiempo, tan distraído y tan útil para él. Por supuesto
que no le faltaba una libreta o agenda, para anotar los datos que le fueran de interés, y su inseparable cachimba o
boquilla de fino tabaco americano. Obviamente su identidad la conservó en el
anonimato, no sabiéndose nunca el seudónimo que usaba.
Otra de
las ocurrentes chifladuras del general Ubico, consistía en hacer los
acompañamientos con los instrumentos de percusión, es decir la batería, con sus
tambores, timbales y platillos, de los conciertos que la marimba Maderas de mi
Tierra, de la policía nacional, ofrecía
por las noches en la TGW. Esto se lograba porque don Julio le montó un estudio
en uno de los locales de la casa presidencial, con micrófonos, bocinas,
audífonos y todo un equipo moderno y sofisticado de radio transmisión,
importado de los Estados Unidos de América
por la RCA especialmente para él. A través de las líneas telefónicas se
enviaba el sonido a los estudios de La Voz de Guatemala, y el acompañamiento
salía al aire, con tal perfección y habilidad que el bateriísta bien podía
rivalizar con el mejor del mundo, que en esos momentos era el norteamericano
Jimmy Krupa, creo que de la orquesta de Glenn Miller.
En las
vacaciones de 1941 (marzo y abril), una temporada con mi familia me llevó a
Chimaltenango. Allí me hice de muy buenas amistades, entre ellas la familia del
recordado abogado don Felipe Valenzuela, particularmente con sus hijos Felipe,
Edmundo y Martita, que vivían en una casona solariega a inmediaciones del
parque central.
Este
episodio que a continuación voy a relatar, lo pongo en las manos de mis
apreciables lectores, con el mismo calificativo de "espectacular", en
que lo denominé cuando increíblemente ocurrió.
Aunque
nunca fui un buen jinete, debido a que siempre tuve miedo a los caballos, si
practiqué eventual-mente la equitación, que es el hermoso arte de montar a
caballo. Fue en mis lejanos años mozos, cuando con mi primo Paco los días
domingos, antes de las ocho de la mañana, después de la Misa de seis en Santa
Teresa, o la de cinco en el Cerrito, que nos encaminábamos al "Establo
Roberts", a rentar por el día entero un par de buenos corceles,
recorriendo las ondulantes campiñas de los alrededores de la capital, la linda alameda de jacarandas de
la Avenida Simeón Cañas o el tradicional paseo de La Reforma. Muy pocos días
habían pasado de la escuálida cabalgata, cuando se convirtió en una verdadera
cabalgata, con el ingreso de los amigos Rodríguez Midence: Ricardo y Rodolfo,
y la Nena Rodríguez, hermana de ellos,
incluyendo también a Maty mi hermana.
Una
tarde de domingo, pasando debajo del puente de la penitenciaría, el caballo que
montaba Ricardo se resbaló en el asfalto, cayendo al suelo el jinete y el
pesado caballo que por poco le cae encima. Sus gritos de pánico fue lo que mas nos impresionó, pero de
fortuna no sufrió mas que unas magulladuras y el tremendo susto. Por eso en los
desfiles militares cubrían el asfalto con arena, para evitar que los cascos de
los caballos resbalaran en el pavimento.
Asaltan
a mi mente estos recuerdos, porque cuando me encontraba en Chimaltenango en
aquellos días primaverales, una tarde a eso de las seis y media, Felipe me invitó a una fiesta en San Martín
Jilotepeque, y a esa hora enfilamos
cabalmente a caballo a ese municipio de Chimaltenango, formando una caravana de
amigos como de cinco a siete
jinetes. Ocuparía muchas páginas para
describir las vivas impresiones de tan singular aventura. Pero en pocas líneas
diré que yo viví en aquella ocasión, experiencias desconocidos. Rodeados por las sombras y los ruidos del silencio
de la noche, eludiendo la carretera para acortar el camino, nos internamos por
frondosos bosques, misteriosas montañas y extravíos agrestes, atravesando legendarios
puentes de la época colonial. El silencioso correr de las aguas de los ríos. El
rumor del viento, que se precipitaba ruidosamente sobre los árboles, y el
impresionante concierto de las aves nocturnas, me pareció imponente y
majestuoso. El graznido de algunas especies como el cuervo, y el ruido bronco y
desapacible del búho, también conocido como tecolote, elevan el pensamiento al
mundo maravilloso de la fauna, con sus legiones de aves y pájaros diurnos y
nocturnos, en su infinidad de especies, tamaños y colores. Llama la atención el
característico silbido de esa avecilla rapaz que se llama Lechuza, que afanosa
busca por la noche insectos y roedores pequeños para alimentarse. En el fondo
de una colina, unas bandadas de murciélagos abandonaban su entorno, agitándose
sobre nosotros al ruido de la cabalgata. En un recodo de la montaña creí
percibir, el rugido escalofriante de algún mamífero feroz, que podía ser un
tigrillo, un puma o jaguar, un gato de monte, o un lobo llamado también coyote,
rondando por la serranía en busca de su presa.
A eso de
las diez de la noche, los cascos de los caballos resonaban chispeantes en el
empedrado de la apacible cabecera municipal. Sus habitantes ya dormían, pero
para nosotros la fiesta comenzaba. Percibíamos la música y el bullicio que se
acercaba. La casa donde se realizaba la fiesta, era uno de esos solares comunes
del ambiente provincial. Largos y angostos corredores alfombrados de ladrillo
colorado, bordeados de macetas de barro, con abundancia de flores y diversidad
de plantas. Patios enladrillados con pequeños jardines circulares, de donde se
desprenden arbustos ornamentales, y en el traspatio algún árbol frondoso como
un jocotal de corona, y variedad de frutales que nunca faltan en estas viviendas pueblerinas de aire pintoresco.
Al
penetrar, la fiesta estaba en su pleno apogeo. Las parejas danzaban y reían
ruidosamente. Una marimba traída de afuera, amenizaba la fiesta, interpretando
melodías de sonados éxitos. Mi vista se detuvo de pronto en una dama muy elegante
y atractiva, que hacía pareja con un amigo del grupo, que apodábamos
"Totoposte", talvez por su complexión física de atlética figura, y al
pasar junto a ellos interrumpieron el baile para saludarnos. En ese momento fue
cuando Felipe, que era muy amigo de la hermosa dama, se disparó con una broma
que nunca la olvido. Le dijo que yo integraba la comitiva de las giras
presidenciales, como locutor de la TG25, y si bien era cierto que en ese
entonces yo era locutor, pero no del equipo ambulante que acompañaba a Ubico,
sino de Radio Morse, había por supuesto un gran trecho, pero que no valía la
pena aclarar, y la situación se quedó
así. Pero lo que no me expliqué en ese momento, fue la reacción agradable de la
bella dama hacia mi persona, que sacudiéndose del pobre "Totoposte",
se puso a bailar conmigo.
Movido
de curiosidad, busqué a Felipe para que me aclarara el enigmático asunto, y me
contó que se trataba de la famosa "Chata Samayoa", amante del
presidente Ubico, invitada a la fiesta por amistad con los contrayentes. Había
llegado en su vehículo oficial, acompañada de su hermana Bertita y de un
guardaespaldas que hacía las veces de chofer, que no la perdía de vista ni a
sol ni a sombra. La noticia no dejó de inquietarme, porque conociendo yo el
teje y maneje de los negocios palaciegos, sabía como se movían los hilos de la
información, tergiversados en falsedades, chismes e intrigas, máxime con la
presencia del guardaespaldas de la señorita Samayoa, que me produjo mala
espina. Y digo esto por lo que ocurrió en el curso de la noche. Seguimos
bailando, bebimos, comimos, bromeamos,
contamos chis-tes y divertidas anécdotas, tocamos mis actividades como
locutor, bastante cercano en muchas ocasiones al presidente, de lo cual ella
estaba enterada. Reímos toda la noche y la madrugada, hasta que a las tres y
media en el despuntar del nuevo día, la marimba tocó "El Rey Quiché"
el folklórico son de don Chus Castillo anunciando el cierre de la fiesta.
La
acompañé a su dormitorio. Me senté en la orilla de la cama muy cerca de ella.
Disfruté viéndola, y viendo el bonito dormitorio, amplio y bien amueblado, que
lo habían arreglado especialmente para ella. Pero el impertinente "bribón" no nos dejó tranquilos ni
un solo momento. Somataba a cada rato la puerta del dormitorio con cualquier
pretexto pueril. Entonces la "Chatía" me dijo que mejor me esperaba
el martes en la capital, a las siete de la noche en una pensión de una amiga
suya en la zona cinco. Me entregó un papel con la dirección y nos despedimos
con un dulce beso. Nos reunimos de nuevo a medio día en el estadio de la
población, donde se realizaría un evento deportivo. Me quedé impresionado al
contemplar su belleza. Lucía en su elegante silueta un primaveral vestido
blanco. Tenía el cabello rubio, mejillas de rosa, ojos zarcos muy hermosos, y
sensuales labios de carmín. Pero lo que más me impresionaba era el sugestivo
tono de su voz, y la manera refinada y relajante de su agradable conversación,
que denotaba un buen nivel educativo y cultural. A pesar de que era originaria
de San Juan Sacatepéquez, sus padres habían hecho meritorios sacrificios para
prodigarle una esmerada educación. A Ubico lo había conocido dos años antes, en
ocasión en que visitó ese municipio, y se quedó prendado de ella, cuando le
hizo entrega de un ramo de flores en nombre de la sociedad sanjuanera.
"Chatía"
frisaba en los 21 años, Ubico andaba por los 63, y yo tenía la misma edad que
ella. Pero había nacido entre los dos una alucinante simpatía. Supe de sus intimidades
con el presidente, y aunque me confesó que lo quería, le chocaba la esclavitud
a que estaba sometida por los enfermizos celos del dictador, y que si bien era
cierto que gozaba de toda clase de atenciones muy halagüeñas, su posición le
incomodaba y no era feliz, aun teniendo todo lo que quería. Me conmovió su
relato pero que podía yo hacer por ella, o ella por mi, porque al continuar
nuestra insensata relación, posiblemente nos hundiríamos los dos, ante la
implacable crueldad del poderoso presidente. Pero mi admiración por ella
aumentó cuando nos vimos en el estadio, y le prometí asistir puntualmente a la
cita convenida, dejando por un lado los inminentes peligros que nos rodeaban.
Se
sirvió un almuerzo de sabrosa comida
regional, en un improvisado comedor muy cerca del campo deportivo, y a
la sombra de unos encinos, que prodigaban un ambiente paradisíaco, suave y
apacible, refrescado por la brisa de un riachuelo que corría silenciosamente
casi a nuestros pies. Brindamos por la felicidad de los contrayentes, y les
auguramos una eterna luna de miel, y con ella, tampoco nos quedamos atrás,
brindamos por nuestra futura felicidad, aunque tuviéramos que afrontar un
diluvio de penalidades. Eran las cinco de la tarde, cuando la
"Chatía" Samayoa, su simpática hermana Bertita, y el
"bribón", abordaron el Packard que las conduciría a la capital. La
caravana de jinetes montamos nuestros caballos y enfilamos de regreso a
Chimaltenango.
Como yo
me sentía cautivado por la atractiva dama, fácil es comprender la impaciencia
que me invadía por estar otra vez a su lado, y reiterarle lo mucho que me había
impresionado su linda personalidad. Por eso la cita a las siete de la noche de
aquel martes, la esperaba con ansiedad. Me puse mi mejor "tacuche",
un traslapado celeste de gabardina, y me lancé a la incierta aventura. La dueña
de la pensión era una distinguida dama, que se llamaba doña Hortensia viuda de
Jiménez que me recibió como si yo fuera un gran personaje. Gentilmente me
ofreció de comer o beber o lo que yo quisiera, pero únicamente le acepté un
café. No habían pasado ni diez minutos de mi llegada a la pensión, por cierto muy elegante y de calor
hogareño, cuando de un carro que se estacionó con rapidez detrás del mío, bajó
presurosa Bertita, hermana inseparable de "Chatía", que me entregó un
sobre cerrado con una misiva que decía: "Imposible llegar a la cita, a
pesar de que era todo mi deseo. Jorge está enterado que pasé contigo la noche
del sábado. Yo no lo he visto, pero estoy bien informada. Ya se que su reclamo
va ser violento, pero eso no importa, estoy acostumbrada. Lo que importa eres
tú, te lo pido de corazón, ponte a salvo pronto porque tu vida corre peligro.
Escóndete en tu casa y no salgas a la calle por varios días. Me duele hasta el
alma pedirte esto. Olvídame. Lo hago por los dos, pero mas por ti que por mi.
"Chatía".
Al
terminar de leer, yo no sabía que hacer, que decir, a donde ir. Creo que si no
es porque Bertita que me tomó una mano y casi me obligó a subir a mi carro, me
hubiera quedado petrificado en el comedor de la pensión de doña Tenchita. Pero
Dios es muy grande, porque ya en el dormitorio de mi casa del callejón de
corona, cuando mis pensamientos se fueron aclarando, y me invadió una especie
de serenidad y cordura, abrí los ojos y comprendí el extremo de insensatez y
locura al que había llegado en mi desenfrenada, peligrosa y fugaz aventura.
Pero no podía borrar de mi mente su inconfundible imagen. Incluso tenía que
olvidarla. Pero eso si no pude. Pasó mucho tiempo sin que pudiera borrarla de
mis pensamientos, quizás por lo singular de nuestra relación, y por la
atmósfera cargada de tempestad que nos envolvía. Y aquí si cabe expresar las
palabras del poeta. "Fue tan corto el amor, y tan largo el olvido".
Al final de cuentas, me sentí orgulloso, porque mi rival había sido nada menos
que "el señor Presidente", y tanto él como yo teníamos el mismo
gusto...
Los conciertos en la concha
acústica de la plaza de armas. El profesor Ipish y su secretario, que fue mi
profesor en dicción. Una lamentable tragedia, por el eterno triángulo
En la
concha acústica del antiguo parque central, que había sustituido al pueblerino
kiosko, de románticos recuerdos de viejos tiempos, se desarrollaban los días
miércoles, los conciertos de la Banda Marcial y de las bandas militares de los
fuertes conocidos como la Guardia de Honor, Matamoros y San José, reunidas en
un solo grupo. Esos conciertos los dirigía el profesor Franz Ipish, de
nacionalidad austríaca, y venido al país invitado por el gobierno de Ubico, para
hacerse cargo de la dirección de la Banda Marcial, que la dirigió hasta el
final del gobierno ubiquista. Los conciertos duraban una hora, de las nueve a
las diez de la noche. Y faltando unos quince minutos para su iniciación, me hacía presente para la narración
que transmitía a control remoto Radio Morse. Los textos de los números
musicales consistían en datos biográficos de los compositores, y algún
historial de las obras musicales. Para su elaboración me pasaba husmeando en la
búsqueda de material, no solo en el archivo nacional, sino en cuanta biblioteca
se me ocurría que podía encontrar algún dato que me fuera de utilidad.
Al
profesor Ipish lo acompañaba su secretario también austríaco, que hablaba muy
bien el español, y me hacía la campaña de enseñarme la pronunciación correcta
de nombres y apellidos de compositores, y de cuantas palabras extranjeras, se
me dificultaba su pronunciación. Con las clases que me daba, mi dicción mejoró
notablemente. Las obras musicales que
ejecutaban las bandas militares, eran muy selectas, pero también se incluían
aires populares de sabor folklórico. Desde luego que ocupaban lugar preferente las marchas militares que
es el primordial objetivo de esos grupos de música, sobretodo aquellas marchas
de origen prusiano. Pero en estos conciertos, el profesor Ipish escogía las
obras de los grandes compositores, y así teníamos a las bandas de los cuarteles
ejecutando la "Obertura 1812", o el ballet "El Lago de los
Cisnes", de Tchaikosky, o bien la "Rapsodia Húngara número dos" de
Franz Liszt, sin faltar el sello romántico de Strauss con sus inmortales valses
"El Danubio Azul", "Voces de primavera", "Cuentos de
los bosques de Viena", "Sangre Vienesa", "Amar, Beber y
Cantar" o el "Vals del Emperador". Se incluían también sonatas, baladas,
preludios y mazurcas. Ya lo creo que también hacían presencia obras de
compositores nacionales, como "La Flor del Café" de don Germán
Alcántara, "Noche de Luna entre Ruinas" de don Mariano Valverde, o la
"Obertura Indígena" de don Jesús Castillo, o "Fiesta de
Pájaros" también de él. El público asistente a los conciertos, se ponía
contento al escuchar, "Tristezas Quetzaltecas" de Wozbelí Aguilar, y
aires populares chapines como "El Mishito", "El Lorito", "Matateroterola",
y nostálgicos sones nacionales como
"Lamento Indio", el "Rey Quiché" o "El
Costumbro" del compositor Desiderio Gallardo.
Por supuesto que la asistencia del público siempre fue
muy numerosa, de jóvenes y adultos, que atentos y embebidos seguían el curso de
los conciertos. Las bancas de madera de color verde con su sólida estructura de
hierro forjado, formaban una especie de abanico frente a la concha acústica, que lucía su esplendoroso
diseño, inundado de profusa iluminación. Me hice de excelentes amistades, que
regularmente asistían a los conciertos, y que se acercaban a mi para cambiar
impresiones sobre aspectos concernientes a esos programas, que tanto atraían la
atención de chicos y grandes.
Viene a
mi memoria con bastante pena y angustia, cuando en el concierto de una noche, uno
de los suplentes del profesor Ipish que tenía a su cargo la batuta, se
retiró casi al inicio de haber
comenzado el programa, sustituyéndolo otro de los directores. Al día siguiente
me enteré de la lamentable tragedia que había acontecido. No me acuerdo de su
nombre, pero lo cierto del caso es que había llegado a sus oídos de que su
esposa se reunía con un amante, valiéndose de que él permanecía ausente los
miércoles de las nueve a las diez de la noche. Y esa noche dispuso
sorprenderla. Regresó intempestivamente al apartamento de la Pensión Asturias
donde vivían, en el cuarto piso del edificio La Perla, y al abrir la puerta del
dormitorio, efectivamente encontró a su joven esposa con un amigo de los dos, y
sin mediar palabra, desenfundó su revólver calibre 38 sobre su mujer y su
amante, muriendo ambos instantáneamente. Con el arma de fuego en la mano, salió volando como enloquecido, pero no para
huir, sino para entregarse a la policía en la primera demarcación que encontró.
Entregó su arma, y dio cuenta del infortunado suceso que había protagonizado,
por un exceso incontrolable de celos y locura. Fue procesado a varios años de
cárcel, pero por tratarse de un crimen pasional que tenía atenuantes, y por su
buena conducta en sus años de reclusión, recobró su libertad después de cinco años de cautiverio. Yo lo visité en la
penitenciaría en días de visitas en varias ocasiones, pero jamás recobró su
carácter alegre y comunicativo, sin duda por el impacto tan doloroso que
sufrió. En una oportunidad le dije que personalmente reprochaba su violento
proceder, que había enlutado a dos familias, que había echo derramar muchas
lágrimas innecesariamente, y que lo mas grave que había cometido, había sido
quebrantar el Quinto Mandamiento de la Ley de Dios. Entonces le recordé el
hermoso Pasaje Bíblico, cuando el Divino Maestro, con su dulzura y bondad,
rechazó a la multitud enardecida que perseguía a una mujer adúltera, para darle
muerte a pedradas, y que se refugió en sus sagrados pies, buscando consuelo y
protección. Fue cuando escribió en un muro aquellas lapidarias palabras
inundadas de sabiduría, que el que se creyera libre de toda culpa, que lanzara
la primera piedra. El no me contestó, guardó silencio, y lo dejé sumido en
profunda meditación. A mi manera de ver, esas situaciones tan dramáticas de la
vida, deberían resolverse en un plano prudente, juicioso, civilizado,
poniéndole punto final a la relación conyugal, si así fuere el caso, y punto
final. Pero en muchos casos, se sigue el camino insensato y equivocado del abominable
crimen pasional, que en vez de atenuantes solo debería tener agravantes, ya que
se ejecuta cobardemente, y como diría un abogado, a sangre fría, con alevosía,
premeditación, ventaja, (machismo), casi siempre acompañado de nocturnidad. Es un crimen imperdonable, e
indescriptiblemente cruel, condenado firmemente por la Iglesia y la sociedad.
Un caso similar sucedió en otro apartamento, entre una pareja de salvadoreños
también por adulterio. Antes el adulterio se aplicaba injustamente solo a la mujer,
pero que hoy por hoy, se aplica igualmente a los dos con el nombre de
infidelidad conyugal.
A
propósito de las infidelidades, recuerdo las famosas sentencias de la Ley del
Talión, que existió en la ley Mosaica,
que consistía en hacer sufrir al delincuente un daño igual al que causó,
pero en algunas sentencias la resolución era contraria aparentemente al sentido
común, porque al presentarse un esposo agraviado quejándose de la infidelidad
de su esposa, el juez lo condenaba a él, y a ella, la absolvía porque sostenía
el criterio, de que si la esposa se acostaba con otro hombre que no fuera su
marido, era porque el amante le prodigaba cariño, amor y satisfacciones
personales, que el esposo no le daba, y lo mismo ocurría en los casos
contrarios. Y yo pienso que en el fondo
de estas sentencias no dejaba de haber algo de sabiduría, o quizás demasiada
sabiduría.
Fue frecuente escuchar en labios de personas que
vivieron en la pensión Asturias, que narraban hechos sobrenaturales que allí
acontecían, y en ese sentido un matrimonio amigo mío a quienes yo visitaba en
esa pensión, me contaron que una noche pasaron oyendo un fuerte movimiento de
muebles en el apartamento vecino, que daba la impresión de que estaba siendo
ocupado por escandalosos inquilinos. Al día siguiente con la seguridad de que
tenían nuevos vecinos, investigaron quienes eran, para conocerlos y ponerse a
sus órdenes, pero su sorpresa fue mayúscula al comprobar que el apartamento
continuaba desocupado, y que ninguna persona había rentado el local según les
informó el administrador. Personalmente no creo en "espantos ni en
fantasmas", ya lo he dicho, pero como decían antes las abuelitas "no
hay que creer ni dejar de creer". Yo viví tres experiencias en esa
dirección, pero no vale la pena contarlas.
El Cerrito del Carmen y las
casuarinas de San Sebastián. La Virgen del Carmen: obsequio de Santa Teresa.
Desmontada de su Camarín, robada por manos sacrílegas
Hablar del Cerrito del Carmen es hablar de la historia
de Guatemala. Sus orígenes se remontan a 200 años antes del traslado de la
capital al Valle de la Ermita, cuando en 1776, adoptó el nombre de Nueva
Guatemala de la Asunción. En efecto. La historia conocida del Cerrito del
Carmen comienza cuando Santa Teresa de Avila (en el siglo, Santa Teresa de
Jesús), donó una imagen de la Virgen del Carmen a Guatemala. Su emisario de
nombre Juan Corz, se internó en el país en busca de un conquistador español,
que era propietario del "Valle de las Vacas", que había adquirido ese
nombre, porque ante la carencia de ganado, su dueño trajo de países vecinos una
buena cantidad de reses que pronto se multiplicaron.
Inicialmente
el enviado de Santa Teresa colocó la Sagrada Imagen en una cueva a orillas del río Las Vacas. Los pobladores del lugar
dándose cuenta de que no era un sitio adecuado para tener a la hermosa Imagen,
dispusieron construir un templo que es el que se conoce como "La
Parroquia", a donde fue llevada la Virgen en solemne procesión. Pero
cuenta la leyenda que misteriosamente desapareció del Templo, y fue encontrada
en la cueva. Entonces los pobladores se dieron a la tarea de buscar un lugar
mas apropiado, y localizaron no muy lejos un cerro que les pareció ver en el
una semejanza con El Monte Carmelo, que es una montaña de Israel, cerca del
puerto de Haifa, en cuyas cuevas vivieron centenares de profetas y ermitaños,
conocidos como anacoretas. Y en ese cerro con la semejanza de El Monte Carmelo,
se construyó una capilla donde se colocó a la Virgen. Enfrente se levantó un
torreón, que según dicen fue para que allí viviera el ermitaño Corz, para
cuidar a la Sagrada Imagen, ya que la Ermita había quedado en despoblado.
Como una cruel ironía del destino, hace algunos meses
en el correr del año 2001, la imagen de la Virgen del Carmen, fue desmontada de
su Camarín y robada por manos sacrílegas. Ha pasado el tiempo y se ignora su
paradero. Hay pesimismo de que pueda recuperarse, porque desde hace unos cinco
años, en idéntica situación, se encuentran decenas de cuadros e imágenes, saqueadas
de templos católicos de todo el país, y desafortunadamente los robos continúan
aumentando. El valor histórico, artístico y religioso que tienen, es
inestimable. Pertenecen al Patrimonio cultural de Guatemala, pero eso a los
rateros no les importa.
Los
terremotos de 1917 - 18 y el de 1976 causaron
destrozos al Templo, pero que fue restaurado por los feligreses, con la
ayuda de instituciones oficiales y priva-das. Sin embargo la Imagen de la
Virgen del Carmen, salió incólume en los dos intensos cataclismos, no así el
resto del templo que fue dañado, desde el altar mayor y sus retablos, hasta los
reclinatorios, confesionarios, púlpito, y las imágenes de los santos colocados
en las hornacinas.
Pues
bien, el Cerrito del Carmen fue uno de los sitios más frecuentados en los
lejanos años de mi juventud. Aún recuerdo pese a la neblina del tiempo, que
cuando se celebró la re inauguración de la Iglesia, en 1925, fue colocada la
Cruz que aparece en el ángulo sur poniente de la parte mas alta de la Colina,
que vistosamente luce frente a la Nueva Guatemala de la Asunción.
Otros de
los sitios que visitábamos continuamente
con mis hermanos, primos, vecinos y amigos que formábamos una alegre y
bulliciosa pandilla, fueron el hipódromo del norte, con su jacarandosa Avenida
Simeón Cañas, y la plazuela de San Sebastián, con sus centenarias casuarinas, a
cuya sombra gozábamos de los juegos juveniles propios de la edad.
La coronación de la reina
universitaria. Conocí a una bella dama, dulce y hermosa: Colomba Mendieta
Finalizaba
el mes de diciembre de 1940. En el Paraninfo de la Universidad Nacional, se
ultimaban los preparativos para la coronación de la reina universitaria. Fue
solicitada la transmisión a control remoto, y a las 9 de la noche del sábado
17, los micrófonos de Radio Morse, se colocaron en el escenario del salón Mayor
de actos del Paraninfo de la Universidad Estatal. Días antes dentro de un
ambiente de alegría, belleza y colorido, se había realizado el certamen, y por
sus atributos personales de imagen, cultura y relaciones sociales, salió electa
en una reñida competencia, la distinguida señorita Ruth Villagrán Kramer, de
ascendencia europea, que lucía esa noche llena de felicidad y satisfacciones,
resplandeciendo su luminosa personalidad femenina.
El
rector Magnífico doctor Ramón A. Calderón, procedió a imponerle la corona a la
linda y simpática soberana, bailando enseguida ceremoniosamente con ella, el
hermoso vals "La Flor del Café", ejecutado por la marimba
"Maderas de mi tierra". En el proscenio se colocaron mesas que
ocuparían las principales autoridades del Alma Mater y sus familias, y
personalidades importantes vinculadas con esa centenaria casa de estudios.
Ruego a mis lectores que me acompañen a las escenas
que a continuación detallaré, y el impacto que produjeron en mi.
En una
mesa tres elegantes damas, jóvenes y bellas, sonreían y conversaban
animadamente. Reían, y curiosamente detenían su mirada en los equipos de la
transmisión radial. Pero lo que me pareció
insólito es que también detenían su mirada en mi, particularmente una de
ellas. Me saludaron con las manos enguantadas hasta los hombros. Y cosa
increíble, me invitaron a acercarme a su mesa. Y aprovechando un intermedio en
que la orquesta daba rienda suelta, a un largo popurrí de melodías muy en boga,
como el chispeante "In the
mood", di unos cuantos pasos y me dirigí a ellas. Esta vez mi smoking no fue objeto de críticas
de parte de Francis Gall, como ocurrió en el baile del Casino Militar. Quizás
porque esta vez todo iba como Dios lo manda, o como lo exige la estirada
etiqueta. Al contrario, elogió mi smoking rojo, es decir cuando se usa en la
media etiqueta, el cinturón y la corbata de mariposa de color rojo. Me presenté
cortésmente a la mesa para saludarlas. Y creí que el corazón me daba
vueltas, cuando crucé la mirada con una
de ellas, que la sentí lindísima y
atractiva. Tenía cabellos negros, ojos de azabache, semblante amable y sereno,
tez blanca y ligeramente sonrosada, alta y esbelta de cuerpo, sonrisa
contagiosa, de mirada inteligente y
penetrante. Labios sensitivos que me parecieron de carmín, y su voz de
extraordinaria dulzura. Su edad, la calculé en unos 17 o 18 años. Se llamaba
Colomba Mendieta. Y no se por qué extraña razón, sentí una inmensa felicidad al
conocerla, pero a la vez una inmensa preocupación de conocerla. El tiempo lo
diría...
Me
presentó a su señor padre, nada menos que al señor Doctor don Salvador
Mendieta, personalidad política nicaragüense, presidente del Partido Unionista
Centroamericano, y apóstol idealista de la unión de las cinco parcelas del
Itsmo. Identificó fácilmente a mi familia, particularmente a mi papá y a mi
tío. "Es un honor para mi conocerle Doctor", le dije, y él me
respondió, "para mi es el honor Federico". Colomba me presentó a las
otras damas que les acompañaban. Lidia su hermana, y Emilia González, su mejor
amiga, que al tomarle la mano me estremecí ligeramente, porque con fina
sutileza me la apretó. Me ofrecieron una copa, pero les respondí que
gustosamente aceptaría la invitación, al cerrar la transmisión a las doce de la
noche. En ese momento mi reloj marcaba las 10:30.
Al
finalizar la transmisión regresé. Y Colomba no podía ocultar su alegría al
verme nuevamente, y de sentir-se a mi lado, ya que precisamente ocupé una silla
al lado de ella. Bebimos, reímos, contamos chistes, y nos divertimos de lo
lindo todo ese amanecer, porque la noche había quedado atrás, y el reloj y el
calendario indicaban que ya había despuntado el alba. Estábamos en el domingo
18 de diciembre de 1940. En la conversación también tocamos temas culturales y
artísticos. Hablamos de los grandes compositores de la música, de los
inmortales artistas del pincel, de las maravillas del mundo y de las bellas
artes, y mucho sobre mis actividades en Radio Morse, y de mi vida privada, y
también la de ella. Tampoco dejamos por un lado los temas políticos de la
actualidad. Lidia y Emilia, no se quedaron ni un solo momento al margen de la
simpática charla, sino al contrario, tuvieron oportunas e ingeniosas
intervenciones que nos hacían reír a todos.
Con el
doctor Mendieta, hablamos largo y tendido. La plática versó sobre temas
políticos de la unión de Centro América. Sus palabras reflejaban su ardiente
idealismo, y su ferviente vocación, por ver en un cercano día, la fusión de las
cinco parcelas, formando una sola Patria con la orgullosa denominación:
"República Federal de Centro América". Me invitó a almorzar con él y
sus hijas ese mismo día domingo. Invitación que por supuesto, me cayó de perlas
y no me hice de rogar. Se hospedaban en la pensión Asturias. Por largo rato
danzamos con Colomba varias piezas, al ritmo de la marimba y de la orquesta de
Guillermo Rojas. Le manifesté mi profunda admiración por ella, y la grata impresión que me había causado conocerla.
Puntualmente asistí al almuerzo. Y vi a Colomba mas
linda y primaveral, con un vestido adecuado al momento. Lidia y la inseparable
Emilia, no se quedaban atrás, con sus atractivos atuendos, siguiendo con
precisión los lineamientos de la moda. Se veían muy hermosas y atractivas.
Lidia tenía el tipo clásico de la mujer latinoamericana, como Colomba su
hermana. Y Emilia más bien tiraba al tipo caribeño, tez morena clara, pelo
castaño, ojos ambarinos, labios sensuales, mirada perspicaz y un poquitín
sombría. Tenía muy buen cuerpo,
relativamente alta y bien constituida, como Colomba, porque Lidia era algo
chaparrita y gordita, pero lo que le faltaba en estatura, le sobraba en nobles
sentimientos. La respuesta de Colomba a mi declaración de amor, fue
naturalmente afirmativa. Nos hicimos novios, y pasamos juntos y felices, la
Navidad y el año nuevo. Y en los primeros albores de 1941, brindamos por
nuestro dichoso futuro, prometiéndonos amarnos y no separarnos jamás.
Una
tarde en que visitaba a Colomba en la pensión Asturias, - incidente que
recuerdo con mucha pena-, en el momento en que me despedía de ella, nos dimos
un beso en la boca, y en ese preciso momento, el doctor se apareció
intempestivamente en la puerta de la sala del apartamento. Fue tal mi
desconcierto y el de Colomba, que no sabíamos que hacer, ni que decir. Pero el
doctor optó por una prudente retirada, y yo también me retiré prudentemente,
mientras Colomba seguía a su papá para darle alguna explicación, pero yo le
dije que no cabía explicación alguna, porque nos había sorprendido in fraganti.
Agregué que dejara el asunto en mis manos, yo hablaría con su papá, para
pedirle su mano, es decir la de ella. Y caso resuelto.
Pero mi
preocupación aumentó al día siguiente, cuando Colomba me contó que su papá
padecía de la enfermedad del "hipo", y que le había atacado después
de sorprendernos besándonos en la boca. Tres días le duró al pobre doctor el
hipo, y naturalmente yo me sentía responsable de su molesto padecimiento. El
hipo consiste en un movimiento convulsivo del diafragma, y quienes padecen la
enfermedad, se les presenta después de una fuerte impresión. Eso fue lo que le
ocurrió a mi futuro suegro, pero no fue culpa solamente mía, sino también de mi
querida novia. Me pasó por la mente
darle un tremendo susto, porque dicen los curanderos que así se cura el hipo,
pero no me atreví por temor a agravarle su estado de salud.
Los
primeros meses del año corrieron rápidamente. Después de mis actividades en la
radio, volaba para ver a Colomba en la pensión Asturias, o al sitio donde
conveníamos en reunirnos. Casi todas las tardes la invitaba a refaccionar a
alguna fuente de soda. Después íbamos al cine, a una función de teatro, o a un
concierto de la sinfónica. De repente nos encontrábamos cenando en el Granada,
y después bailando en el Ciros. Me presentó a varias familias paisanas suyas. Y
recuerdo particularmente, a dos viejecitas que vivían en una casa pobre y
antigua, ubicada en la esquina de la quinta calle y quince avenida, frente al
parque la Concordia. Eran hijas del general Toledo, que fue jefe de la plana
mayor de Reyna Barrios, y según se dijo en ese entonces, se vio gravemente
complicado en el atentado que le costó la vida al presidente.
De acuerdo con apreciaciones del historiador Ba-tres
Jáuregui, la esposa de "Reinita", la "Gringa", que ocupaba
el segundo piso de la casa presidencial, y él, el piso de abajo, por separación
de cuerpos, esperaba el advenimiento de
un hijo, y esto tenía que ocultarse al presidente a toda costa...
A Toledo
lo expulsó Estrada Cabrera del país, y se refugió en Nicaragua. Fue
asesinado en una emboscada en un barco
de bandera norteamericana, por esbirros del gobierno, cuando intentaba regresar
a Guatemala. El incidente provocó una protesta del Departamento de Estado, pero
todo quedó en la impunidad. Por supuesto que este episodio histórico jamás lo
toqué con las viejecitas, y menos preguntarles si su mamá había sido "La
Gringa".
Los días
de la Semana Santa los disfrutamos espiritualmente con Colomba, asistiendo a
los oficios religiosos o a las procesiones, que en ese tiempo, las más
importantes y solemnes eran la del Señor de Candelaria, que salía el jueves
santo a las dos de la tarde, y entraba a las nueve de la noche; la del Nazareno
de la Merced, que recorría calles y avenidas de la capital, el viernes santo en
la mañana; y el Santo Entierro de Santo Domingo, el viernes santo en la tarde.
No se conocían las andas alegóricas. Y aunque su tamaño era pequeño, -no
pasaban de 18 brazos-, los adornos se elaboraban con sencillez, pero no faltaba
el buen gusto y la devoción de los feligreses.
Las
horas, los días, las semanas y los meses de la primavera y del otoño,
discurrieron con toda celeridad. Y los comienzos del invierno, con el cielo
frío, deslumbrante y luminoso, poblado de infinitas estrellas, anunciaban otro
aniversario del nacimiento del Redentor del mundo. Pero por otro lado, densos nubarrones se perfilaban en el horizonte del planeta. Los Estados
Unidos de América, habían declarado la guerra a las potencias que formaban el
eje, Roma, Berlín, Tokio, y el 8 de
diciembre, el presidente Roosevelt en las grandes cadenas de radio NBC y CBS,
pronunciaba en su discurso al mundo, estas palabras: "El día de ayer, 7 de
diciembre de 1941, fecha que será recordada de infamia, por la humanidad, las
fuerzas navales y aéreas del Imperio del Japón, atacaron cobardemente la base
militar norteamericana de Pearl Harbor".
Esa noche como a las diez, encontrándome en la sala de
la pensión con Colomba, hablando de nuestro futuro, en compañía de Lidia y
Emilia, entró a la sala presuroso y preocupado el doctor Mendieta. Y sin decir
"agua va", nos dio una inesperada noticia, que nos calló como un
balde de agua fría. Antes de una semana tenía que regresar a Nicaragua, por
asuntos urgentes, que requerían su presencia, y que sus hijas regresarían con
él. La noticia nos golpeó duramente, porque todo apuntaba a que se radicarían
definitivamente en Guatemala. Y el proyecto iba encaminado satisfactoriamente.
Pero indudablemente los graves acontecimientos internacionales, obligaron al
Doctor a cambiar esa determinación, que ya se encontraba resuelta. Colomba, Lidia y Emilia, nos trasladamos al
comedor, para celebrar una mesa redonda, y examinar con serenidad los
diferentes ángulos de la situación, en busca de una salida viable que salvara y
fortaleciera mi noviazgo con ella. Y es que esto, constituía la piedra angular,
del castillo de ensueños que habíamos
edificado ella y yo.
Emilia,
siempre con su carácter servicial y comunicativa, que embellecían su personalidad femenina, sirvió té, y en mi
taza dejó caer unas gotas de coñac, simpático gesto que le agradecí
efusivamente. En la reunión propuse dos alternativas, pero previamente les dije
que para todos los momentos de la vida, por difíciles que se presentaran,
habían soluciones a la mano, exceptuando la muerte que era irreversible.
Deseo
trasladar a mis lectores lo ocurrido en los últimos detalles de esta dramática
escena, que pone fin a la parte tercera de VIVENCIAS, con este impresionante
capítulo.
Si yo
hubiese presentido lo que sucedería después de la partida de Colomba, me
hubiera jugado un albur: proponerle matrimonio, e iniciar los trámites de la
boda sin perdida de tiempo. O bien seguirla a Nicaragua. Pero como yo no tenía
las facultades videntes de un gitano, ni las andanzas aventureras de un conde
de Cagliostro, entonces rechacé de plano esas dos opciones. Me consideré
incapaz para casarme. No quería exponer a lo que más quería en la vida, a un
fracaso matrimonial, tomando una decisión precipitada. Yo tenía 21 años y
Colomba 17. No tenía experiencia en la vida. No disponía de una estabilidad
económica, que me permitiera desenvolverme con holgura en esos momentos de mi
existencia. Más bien me encontraba impreparado para responder a las exigencias
de un hogar sólido, armonioso y
confortable, digno de Colomba. Jamás pasó por mi mente que los seres
humanos somos débiles por naturaleza. Que el destino juega con nuestras vidas.
O que somos simples piezas del tablero de ajedrez, en que nos movemos al azar
de las circunstancias. Y en este caso
quizás por cobardía, falto de carácter firme, o de entereza moral, no
tomé la dirección correcta. Entonces todo aquel mundo de ilusiones que habíamos
forjado Colomba y yo, se derrumbó como
castillo de naipes.
Entre
lágrimas y sollozos, llegó por fin la despedida en la estación de los
ferrocarriles. Procuré la mayor serenidad y equilibrio moral. Así me mantuve.
Hasta que partió el tren, cuando lloramos con Emilia. Emilia me dijo que pasara
por ella lo más pronto posible. Que quería revelarme un secreto. Y que
buscáramos distracciones, para atenuar el impacto producido por la partida de
nuestras amigas. Le prometí que así lo haría prontamente.
La
primera carta de Colomba, la recibí cinco días después en correo ordinario,
servicio que en ese tiempo era muy eficiente, fechada en la ciudad de Diriamba,
de la provincia de Granada, donde residían, a poca distancia de Managua. Me
contó que el viaje lo sintió cansado y aburrido, que estaba muy triste por mí y
que le escribiera pronto. Ese mismo día le contesté, reiterándole mi cariño y
el vacío que yo sentía por su ausencia. Y así era efectivamente. Deambulaba por
las calles en busca de Colomba, y sobretodo en los lugares que frecuentábamos,
y obviamente no la encontraba. Regresaba a mi dormito-rio, pero antes de
entrar, me detenía en la librera de mi escritorio, para besar su foto que
conservaba en un medallón con marco dorado. Las cartas llenas de amor y de
ternura, se sucedieron cada cinco días. Yo no encon-traba ni tranquilidad ni
consuelo por ninguna parte. Solo desaliento y tristeza. Y me parecía verla a mi
lado, con su carácter alegre y jovial y haciendo proyectos para el futuro. Emilia me llamó por
teléfono. Sentí una gran alegría de que se acordara de mí. Me reprochó no haberla visitado. Me contó
que había recibido carta de Colomba, y le pedía que se comunicara conmigo para
saber de mi salud. Le ofrecí visitarla al día siguiente, y la invité al cine
Capitol, a ver la película "Robin Hood", con el fantástico Errol
Flinn.
Al no
más sentarnos en las butacas de la luneta, y apagarse las luces del cine, Emilia me dejó estupefacto. Me tomó una mano
con la suya, y me la apretó fuertemente. Acercó su cuerpo al mío, y me dio un beso apasionado en la boca, confesándome que me amaba.
Mi desconcierto fue tal, que quise dejarla, alejarme de ella, huir, y salir
corriendo, pero no lo hice por tratarse de la mejor amiga de Colomba, por lo
menos hasta ese momento. Y además porque yo la apreciaba, la quería mucho como
mi amiga, y la respetaba como una gran
dama. Sin embargo, mi reacción fue inflexible ante su actitud insensata. Fue de
rechazo a su conducta censurable, que constituía una deslealtad y una traición
a su mejor amiga, que era mi novia que ocupaba un lugar insustituible en mi
corazón. Llena de angustia ella me confesó que me amaba con locura, y me dio
otro beso más apasionado en la boca. No
pudo contener el llanto, y me pidió con vehemencia que la comprendiera, que
tuviera compasión de ella, y que Colomba la perdonara, pero que no podía vivir
sin mi. No sé que me pasó en ese momento, un momento de flaqueza, de debilidad humana, o talvez de comprensión
ante los sentimientos dolorosos de Emilia.
Pero percibía que me faltó valor y entereza moral para rechazarla, antes
de que el fuego se propagase, como efectivamente así sucedió.
Por
supuesto que al recordado Errol Flinn y a Robin Hood, no los vi en toda la
película. Sino fueron los ojos llenos de fuego, de ansiedad de deseos, y el
lujurioso contacto de los labios ardorosos de Emilia, lo que ocupó toda mi
atención y mis sentidos. No podía retraerme de aquel placer inmenso, que
conmueve todo el ser, que turba los sentidos, y que es mayormente intenso y
dulce en la aurora de la vida, y los dos éramos jóvenes. Además, Emilia estaba
aferrada a sus sentimientos, y yo no
podía, ni tenía ningún derecho a
prohibirle o impedirle que me amara.
Confieso
que esa noche no pegué los ojos. Me parecía ver ya no la mirada inteligente y
apacible de Colomba, con su carácter generoso, dulce y amoroso. Sino a una
Colomba diferente. Transformada en una diosa vengativa. Portadora de odio y
destrucción. Con sus ojos ya no de azabache, sino lanzando rayos de fuego
contra mí, como un reclamo justificado y violento, ante mi imperdonable
infidelidad. Me sentía el ser más abyecto y abominable del mundo. Salí
corriendo al bar de mi papá, y me apoderé de una botella de whisky, que al
consumirla me sumió en un profundo sueño. Y desperté hasta el día siguiente,
cuando ya moría la tarde.
Pasaron los días, y la correspondencia con Colomba
siguió sin interrupción alguna. Y mi noviazgo con Emilia, también siguió en
insensata y desenfrenada pasión. Pero
abrigábame una débil esperanza, al
recordar la frase del poeta "Toda llama que aviva los deseos, pronto
encuentra la nieve que la apague". Le pedí a Dios que así fuera, pero no
fue así... El miércoles esperaba ansiosamente carta de Colomba. Pero no llegó.
Imaginé un atraso del correo, pero tampoco recibí correspondencia al día
siguiente, ni en los siguientes días. Le escribí para preguntarle que pasaba.
Pero no obtuve respuesta. Volví a escribirle, y tampoco supe nada de ella. Le
comuniqué a Emilia lo que sucedía, y me respondió que tampoco a ella volvió a
escribirle. Acudí a todos los medios a mi alcance para comunicarme con ella,
pero todo fue infructuoso. Entregué cartas a personas que viajaban a Nicaragua,
pero todo fue inútil. Entonces abrí los ojos, y me convencí de la ingrata, pero
indiscutible realidad: mi amada Colomba, ya estaba enterada de mis infieles
relaciones con Emilia.
Me di
cuenta tardíamente, de que el sol no puede ocultarse con el dedo de la mano, ni
con toda la mano extendida. La ciudad era pequeña como un pueblo. Todos sus
habitantes nos conocíamos de vista, y en mi caso, imposible ocultarme ante los
ojos de la gente, ya que por mi trabajo mi persona era demasiado visible. No obstante que con Emilia procurábamos
exhibirnos lo menos posible, pero en la entrada o en la salida del cine, en
alguna sala de baile, en algún hotel, o quien sabe donde, nos habían visto, y
la bola infame corrió velozmente hacia Nicaragua.
Con
Emilia nos veíamos todas las noches, en un apartamento pequeño pero muy acogedor, muy cómodo, con muy bonitos muebles, lindos cuadros, alfombrado.
Quedaba en Lo de Bran, en una finca boscosa y discreta. El dueño era un amigo
mío, que se encontraba en el extranjero, y lo dejaba a mi disposición durante
sus frecuentes ausencias, que a veces se prolongaban por varios meses. Ella
pertenecía a una familia capitalina muy
honorable y acomodada. En presencia de Colomba me hablaba de sus penas,
de sus preocupaciones, de sus
desilusiones amorosas, de sus tristezas, de sus alegrías, de las riñas de sus
papás, y un sin fin de cosas, que como yo le decía, es el denominador común de
todos los seres humanos, y de todos los hogares del mundo. Pero en términos
generales, a Emilia no le faltaba nada. O mejor dicho si le faltaba un hombre
que se enamorara de ella, que la hiciera feliz, que la comprendiera y que la
respetara. Tenía la misma edad que Colomba, 17 años. Y aunque eran íntimas amigas, sus temperamentos eran
muy diferentes. El suyo era excesivamente fogoso y sensual, pero cuando pasamos
la primera noche juntos, me di cuenta que no había tenido ninguna relación
sexual, y así me lo confirmó ella. Compaginábamos de manera admirable. Quizás
por afinidad de temperamentos. Sin embargo, estaba consciente que cuando
estábamos juntos, mis pensamientos y mi corazón le pertenecían a Colomba. Pero ella me decía que no tenía importancia,
porque me amaba pasionalmente, y deseaba mis caricias en todo momento.
En mi
concepto, no fue precisamente la noticia de mis relaciones amorosas con Emilia,
lo que seguramente impactó a Colomba. Sino fue el chisme infamante, que
agranda, retuerce, tergiversa y destruye. Porque tiempo después supe que a
Colomba le dijeron que Emilia estaba embarazada, y que esperaba un hijo mío.
Esto la derrumbó total, y definitivamente. Y la versión no solamente era perversa,
sino absolutamente falsa.
A las
tres semanas de silencio, recibí por
fin carta de Colomba. Cuando comencé a leer, no podía concebir lo que mis ojos
leían Me sentí un ser diminuto, un pigmeo, una basura, ante su grandeza
espiritual, ante la inmensa generosidad
de su noble corazón, ante sus elevados sentimientos y principios. Entonces me
di cuenta que no la conocí. O talvez la conocí, pero muy poco, o talvez nada. Me hablaba de los efímeros momentos
en que fue tan feliz a mi lado, pero me dijo que los designios Divinos,
dispusieron lo contrario a nuestros dulces sueños, y que teníamos que acatar
las disposiciones del Altísimo, aunque nos destrozaran el corazón. Agregó
Colomba en su carta, que todo es inestable dentro de la percepción humana. Que todo
tiene principio y fin. Menos Dios porque su Reino es eterno. Esta última carta de Colomba, no es en mi
concepto una carta común y corriente. Es un documento lapidario, que contiene un mensaje de amor. Que retrata de cuerpo
entero, y que habla muy en alto de una mujer admirable, inconfundible y
extraordinaria. Que ha puesto al alcance de mi mano la otra mejilla, para que
se la golpee, siguiendo los pasos del Divino Maestro. Finalmente le pide a Dios
que me perdone por lo que le hice, y que también perdone a Emilia, por lo que
le hizo.
Terminé de leer. Sentí la noche en mi conciencia. Había
perdido para siempre, lo que más quería en la vida. Guardé en mi corazón, la
carta de mi amada Colomba, y mis ojos se nublaron con un torrente de
lágrimas...